Capítulo II.- Una obra de arte (Amalia)

Una leve vibración en su bolso la alertó de una nueva llamada. Ni se molestó en mirar quién era, tenía que estar concentrada.

Realmente, no sabía si tenía más ilusión o miedo. Se mezclaban en ella todo tipo de sentimientos contradictorios, entre el ¿y por qué no me iban a coger? hasta el ¿pero estaré a la altura de un despacho así?

Tras 15 minutos de espera, la recepcionista de la entrada le indicó que ya podía entrar al despacho que estaba al fondo a la derecha. Dejó atrás a otra aspirante a “novatilla” que repasaba compulsivamente fichas con caras y datos de los socios del despacho que parecían elaboradas por ella, mientras movía los labios a toda velocidad; como si se las supiera de memoria. Menuda loca, y yo ni me acuerdo del nombre de quien iba a entrevistarme… Bueno, será una loca a la que cogerán antes que a mí, qué desastre. 

El corazón le latía fuerte e intentaba no tropezar por el pasillo mientras respiraba profundo para aplacar los nervios. Recordó una frase que siempre decía su padre: “Cada momento de tu vida es tu pequeña obra de arte, hazlo lo mejor posible“. Se situó enfrente de la puerta, forzándose a sentirse la Miguel Ángel del Derecho, y tras tocar con los nudillos, entró.

– ¿Eres Amalia? Siéntate- sin apenas darle tiempo a abrir la boca, aquella mujer le estaba estrechando la mano con tal fuerza que casi se le salta una lágrima.- Te dejo el caso práctico, vuelvo en 20 minutos y lo comentamos.

Antes de salir, esbozó una especie de mueca que Amalia interpretó como una sonrisa forzada. Su móvil volvía a vibrar. En cuanto se quedó sola, lo apagó y comenzó a escribir.

Tras lo que le resultaron unos pocos minutos volvió la mujer, esta vez con un café en la mano, y se sentó enfrente de ella. Cogió el papel de sus respuestas con un gesto cercano al asco y comenzó un interrogatorio que combinaba datos personales y conocimientos jurídicos. La miraba directamente a los ojos, taladrando su mirada, como si pudiera leerle el pensamiento. Ella respondía por inercia, sin apenas tiempo para pensar y con la sensación de que, simplemente, balbuceaba como una tonta.

– ¿Qué es lo último que has leído?

– Las cenizas de Ángela de…

– Ah, ¿no ha sido la prensa de hoy? Para nosotros es fundamental una persona informada.

No contestó e intentó mantenerle la mirada sin que notase el leve sonrojo que asomaba por sus mejillas y la profunda sensación de haber sido degradada de Miguel Ángel a niña con pintura de manos en un segundo. Iba a improvisar alguna excusa cuando, para alivio de Amalia, siguió hablando:

– Desde que entré a trabajar aquí, no he tenido una sola tarde libre . Espero que no tengas muchas aficiones. Aquí se te va a exigir todo si te seleccionamos, ¿eres consciente?

– Sí, es lo que quiero.

Con la sensación de que aquella mujer la odiaba y que había quedado como una idiota en la entrevista, cogió el metro de vuelta. Buscó en la web de Flores-Crawford: se llamaba Susana Pereira.

Vio entonces el icono de llamadas perdidas de su móvil. Eran de Rafa, como siempre. Le produjo una mezcla de ternura y sensación de superioridad. Sin embargo, encontró la llamada de un número que no tenía memorizado. Llamó.

– Tienes que venir ya, es urgente.

Una parada de metro después, Amalia salía apresurada. Se quitó los tacones y comenzó a correr descalza.

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