Capítulo II. La entrevista (Susana) 

Susana levantó la vista y miró a los dos hombres enchaquetados frente a ella. Fue tal y como lo había imaginado. La tensión inundaba todos los rincones de aquella sala impoluta y los nervios luchaban por meterse en su estómago. Ella los ignoró. Abrió la boca y empezó a responder sin titubear. Controlaba el tema mejor que cualquier compañero de promoción, los conocimientos jurídicos no fueron un problema, sabía de lo que hablaba. Sólo dudó un segundo cuando llegó lo personal, tras interrogarla sin tregua, le preguntaron si estaría dispuesta a vivir en aquella ciudad para siempre. Eso le pareció demasiado tiempo. Todo. Y un latigazo le atravesó el cuerpo. Pero nadie se dio cuenta. De inmediato dijo que sí, cerrando de esa manera su primera y última entrevista de trabajo. Tantos años después, ella era la que formulaba las preguntas. 

Llevaba tres candidatos, todos descartados. No soportaba a la gente débil. Los de recursos humanos no hacían del todo mal su trabajo pero, definitivamente, vivían una realidad paralela. Llegaba demasiada gente a la última fase de la entrevista y la mayoría no servían para lo que ella buscaba. Quería resolución, predisposición, rapidez mental, una buena base teórica y, sobre todo, gente a quien moldear para que trabajase duro sin quejas. Diamantes en bruto.

Aquel lunes no estaba de suerte. Además, le costaba demasiado trabajo concentrarse. Pese a su habilidad para mantener la cabeza fría, las imágenes de la noche anterior la atacaban a intervalos de forma constante: Cristóbal, haciendo gestos exageradamente pronunciados y contando chistes homófonos, llenándole la copa de vino, gratis, una y otra vez. Aquella cara nueva entrando al bar de siempre. El cruce de miradas entre ella y ese hombre. Las ganas alcohólicas de acostarse con él. Trozos de conversaciones que, ebria, no le habrían excitado y, sin duda, ahora recordaría sin interrupciones. El borracho dominguero de su izquierda escupiendo música, con Sabina a toda voz: …el hombre del traje gris, saca un sucio calendario del bolsillo, y grita: ¿Quién me ha robado el mes de abril?…. La boca de aquel extraño acercándose. ¿Cómo pudo sucederme a mi?… 

Cuando el cuarto candidato llamó a la puerta, las ganas de vomitar de Susana subieron hasta su garganta, tragó saliva, y disimulando todo, se irguió en la silla controlando la situación justo cuando una chica de cara triste, vestida como un payaso, entró en la sala. 

Susana podría haber venido de un funeral aquella mañana, pero ni eso le hubiera quitado las ganas de soltar una carcajada ante tal atuendo. Nadie podía tener semejante poco estilo. ¡Qué barbaridad! 

Pensando en contarle más tarde a Paula aquella combinación de parda en tacones que acababa de sentarse frente a ella, Susana comenzó la entrevista de Amalia Murillo. 

Su expresión no varió durante todo el proceso, sin embargo, su primera impresión comenzó a mezclarse con el interés que le despertaban las respuestas acertadas de Murillo. Era diferente al resto de entrevistas. Pese al miedo, sus afirmaciones estaban todas bien argumentadas. Es por eso que Susana decidió ponerla a prueba:
¿Alguna vez has renunciado a un viaje por una obligación? ¿Has pasado noches sin dormir para terminar un trabajo? ¿Qué opinas de las horas extras? ¿Dónde te ves en cinco años? ¿Te consideras constante o inteligente? ¿Renunciarías a las labores de voluntariado que incluyes en tu curriculum para dedicarte a tiempo completo a este puesto? ¿Quieres tener hijos? Sólo hay una vacante para becarios disponible, ¿por qué eres mejor que los demás? 

Susana le sostenía la mirada con intensidad, con dureza, sin dejar que los titubeos de Amalia le quitasen las ganas de arrancarle la poca seguridad que le quedaba en la voz. Quería verla al límite. Cuando la entrevistada número cuatro salió de la sala, Susana ya había tomado una decisión.

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