CAPÍTULO III. Las otras vidas (Susana)

“¿Puedes responderme a las llamadas? Sé que la cagué no avisándote a tiempo de las entrevistas de lunes, pero estoy hasta arriba. No aparecí en toda la mañana porque se alargó la reunión. Llevo dos semanas con la mierda de Covalco y duermo una media de cuatro horas. Llego en un vuelo a las 20:00, voy a recogerte a las 22:00 al despacho y te invito a cenar. Conozco un japonés nuevo. Si no respondes pasaré a por ti igualmente.

Lo siento, enserio.

Matías”.

Susana se quedó mirando la pantalla del ordenador con las manos ligeramente apoyadas en el teclado, valorando las opciones. No estaba enfadada. Tampoco había vuelto a pensar en la entrevista. Le había dedicado un par de minutos al asunto tras el último candidato: habló con su secretaria para que se pusiese en contacto con la nueva becaria y olvidó el tema. No contestaba a Matías porque no quería hablar con nadie que la conociese lo suficiente como para notar que algo no iba bien; no obstante, no podía seguir evitándolo.

Era viernes por la tarde y tenía el escritorio abarrotado de carpetas y fotocopias. El mes estaba siendo una locura. A decir verdad, los últimos años estaban sido una locura. Ser consciente de la rapidez con la que habían pasado le aplastaba el pecho. Era una apasionada del derecho. Adoraba su trabajo y lo consideraba su prioridad. Pero estaba invirtiendo su tiempo al completo en él y eso, a veces, le hacía pensar en las vidas que nunca eligió. En cualquier caso, tampoco habría sido capaz de tomar otro camino. El despacho era su casa. Sí, le había traído muchas horas sin dormir y decisiones difíciles. Renunció al sol de una tarde libre entre semana, a los amigos de siempre, a proyectos de la época universitaria y, quizá sin darse cuenta, a ser madre. Sin embargo, le provocaba tal placer lo que hacía que, poco a poco, dejó que la plenitud de sentirse una abogada respetada la enganchase hasta convertirse en el motor de su vida.

Desvió la mirada hacia la ventana que cubría toda la pared izquierda de su despacho y pasó la vista por los tejados de Barcelona. Allí fuera el mundo se movía a ritmos diferentes. Los estudiantes inauguraban el fin de semana en las terrazas, con las primeras cañas de cerveza de una noche prometedora. Había turistas ajenos a la verdadera ciudad, comprando, bebiendo y haciendo fotografías, disfrutando de todas las horas de luz española. Coches abarrotando las calles con rumbo a la costa. Niños corriendo y jugando, mochila al hombro, con la energía de saberse libres del colegio por un par de días. De pronto, el vacío que le llenaba el cuerpo se agarró a su garganta y, sin poder controlarlo, Susana rompió a llorar.

A las 21:30, Matías llamó a su despacho con cara boba y una caja de chocolate belga pegada al cristal, rogando un perdón innecesario. Ella sonrió vencida por la insistencia de su compañero: en su cara no quedaba rastro alguno del derrumbe de horas antes. Haciendo un gesto de resignación, le indicó que entrase.

-Eres demasiado dura como para responderme al e-mail, ¿verdad? Tenías que hacer que viniese a rogarte una cena – dijo poniendo sobre la mesa el regalo de último minuto que había comprado en el aeropuerto de Bruselas- No es para tanto, joder, que tú sabes como funciona esto. Tener todo en la cabeza es difícil.

-Cómprate una agenda si no piensas aprender nunca a usar la del teléfono. Y ya son muchos años, no vengas a quejarte ahora de la presión. Cuando llegas a las diez de la mañana no se te ven tan agobiado – respondió Susana que, para sorpresa de Matías, no sonaba enfadada sino, más bien, entretenida con el sermón.

-Si no estabas mosqueada, lo podías haber dicho antes. Casi pierdo el vuelo comprándote esa porquería de chocolate gguurmet- dijo él, mofándose del acento francés y haciendo un gesto rocambolesco con las manos, que pretendía imitar a la chica que se lo vendió.

-Aún no entiendo cómo has llegado a socio- sentenció Susana entre risas cogiendo el bolso. – Espero que el japonés se te dé mejor que el francés.

Llevándose los dedos a los ojos, Matías tiró hacia arriba de sus lagrimales.

-Pol supuesto, señolita Peleila- dijo antes de soltar una carcajada.

-Eso es chino, Matías, no tienes ni idea.

– El que me ha cogido la llamada hablaba así. Vamos, que he reservado en un rato. Deja ya de ver porno.

Matías asomó la cabeza, gesticulando de forma obscena, para ver la pantalla de Susana, pero ella cerró el ordenador con un golpe nervioso.

– Eso no ha tenido ninguna gracia, ¿te queda claro?

– Ooooye, tranquiiiila – la recriminó él, desconcertado-. Era sólo una broma. Si estás muy ocupada dale más trabajo a la nueva. Que se curta – añadió, intentado evitar la tensión.

– ¿Qué nueva?

– La becaria. ¿No se incorporaba hoy?

– Ah… la becaria. Puede ser. Delegué el marrón en Carrasco.

– ¿La que da asco?

– Matías, no hables así de Ramona. Vuestras diferencias las dejas fuera del despacho.

– Todo claro – afirmó Matías, cuadrándose como un militar-, ahora la insulto en el restaurante. – Y parodiando una reverencia, cedió el paso a Susana, tratando de disimular su preocupación por la reacción que ella acababa de tener.

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