Capitulo IV. Sin control (Susana)

Llevaba todo el día encerrada en casa. Tras la cena en el japonés, consiguió escapar a las insistentes invitaciones de Matías para ir a tomar una copa. Justo después de media noche se acostó y durmió siete horas seguidas. El sábado lo estaba dedicando a responder demandas y correos. A cada rato pulsaba el botón central de su teléfono, compulsivamente. Tenía la vibración activada y se hubiese dado cuenta de cualquier mensaje o llamada entrante, sin embargo, la ansiedad podía con ella.

De alguna manera esperaba señales por parte de Matías. Sabía que había sido demasiado seca la noche anterior y que él, aunque poco, tenía su orgullo, no obstante, no perdía la esperanza de que apareciese con alguna ocurrencia que la ayudase a distraerse. Sin embargo, Matías no llamó. En otro tiempo, las cosas hubiesen sido diferentes. Unos años atrás se acostaban fines de semana y noches esporádicas. Nada de compromisos, nada de amor. Sólo sexo y risas. Ella lo tuvo claro siempre, pero él terminó por engancharse de más y hubo que frenarlo. Pese al distanciamiento temporal y los momentos de tensión en el despacho, la cosa había terminado bastante bien. Eran muy buenos amigos y Susana siempre contaba con Matías para todo, lo cual no evitó que él cambiase algo en su actitud y no estuviese disponible en todo momento como antes. Maldiciéndose por no haber sido capaz nunca de tener una vida sentimental estable, Susana se levantó de la silla a por otro café. El cuarto de la tarde. Estar a solas con sus ideas era una especie de tortura. No podía dejar de pensar. Se levantaba de la silla de trabajo cada diez minutos. Iba al baño, se asomaba a la terraza, se comía alguna pieza de fruta, un yogurt, otro café, una galleta. Para la hora de cenar estaba desesperada y sin hambre. Llevaba toda la tarde comiendo. Dándose por vencida, se metió en la cama a las 11:00. No se puso el pijama, la camiseta ancha y el pantalón corto que usaba para estar en casa le servían de sobra, no tenía ganas de nada.

Cuando llevaba una hora soñando en bucle con e-mails que no podía abrir, juicios a los que no llegaba nunca y llamadas entrantes que por más que intentaba no conseguía responder, brincó de la cama sobresaltada. Su teléfono estaba vibrando en el suelo, contra la mesita de noche. Sin ser consciente de que estaba despierta, lo cogió e intentó enfocar la vista, un latigazo en el estomago le arrancó el sueño. Era él.

Se sentó en la cama: la indecisión no la dejaba estructurar las ideas. No quería responder. Dejó el móvil en la cama y fue a lavarse la cara, cuando levantó la cabeza del lavabo y se vio en el espejo, se dio lástima. ¿Cómo había llegado a esa situación? Regresó al cuarto, con la determinación de responder si volvían a llamar. Sin embargo, una notificación en la pantalla le indicó que acababa de recibir un correo electrónico. Lo abrió, rogando que su intuición le fallase. Al ver la foto adjunta las piernas le empezaron a temblar, un escalofrío le recorrió la espalda y la dejó helada. Por primera vez en su vida, Susana había perdido totalmente el control.

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