Capitulo VI. La élite (Susana)

– Susana, joder, baja la guardia. No se te puede ni hablar. Una cosa es ser seca y otra arrasar así con las palabras. Los novatillos parecen sacados de un patio de colegio, pero no son malos chicos. Deja de asustarlos así, vas a ganarte un buen mote. Aviso…

– Métete donde te llamen, Matías. El día que me importe que los becarios me pongan un mote me iré del despacho. Están en el mejor bufete del país. Aquí los enseñamos, ponemos todos nuestros recursos a su alcance, les proporcionamos un nombre y un punto en el curriculum que muchos desearían: les hacemos abogados de verdad. La gente se queja y nos critica. Dicen que explotamos pero son los que tienen la oportunidad de trabajar aquí los que, si saben como hacerlo, explotan lo mejor que Flores Crawford tiene: información, contactos y experiencia. Salen de la facultad pensando que se comerán el mundo y lo que no saben es que la universidad es un jardín de infancia. Además, elegimos a la élite y eso se tiene que ver reflejado en los resultados. Un puñado de matrículas de honor y un par de idiomas no garantizan un lugar aquí. Hay que tener carisma, predisposición, inquietudes. Hay gente haciendo cola para unirse a nosotros, algunos lo harían gratis. No voy a consentir que haya nadie en mi departamento que no esté a la altura, si no dan la talla: a la calle. Yo no estoy aquí por casualidad, he pasado muchas noches sin dormir por este lugar. He estado donde están ellos ahora y sé lo que es, pero si no son capaces de soportar la presión, no valen para estar aquí. Que vayan a algún despacho mediocre de barrio a pasear la toga.

– Gracias por el sermón, Doña Pereira, pero podrías contarme algo que no sepa. Yo también trabajo en este sitio. Te respeto y admiro desde hace años y jamás te he quitado la razón. Sólo digo que estás más seca de lo normal y ya sabes que yo te prefiero cuando no estás nada seca… – insinuó él levantando una ceja.

– Matías, ese comentario está fuera de lugar.

Susana dijo aquello intentando sonar indiferente. Pero un matiz amargo quebró su voz por un momento.

– ¿Qué pasa, Susana? Nos conocemos desde hace años. Jamás te he visto comportarte así. Eres una siesa, pero conmigo te sale siempre algo de humor, o se te contagia… ¡todo el mundo sabe que a mí me sobra! – Matías chasqueó los dedos al tiempo que cruzaba las piernas teatralmente. Sin embargo, estaba seguro de no haberle causado a ella ningún motivo para reír.

– No me pasa absolutamente nada, sólo estoy cansada de la gente lenta y perezosa – Respondió Susana sin mirarlo a los ojos y caminando hacia su oficina con su habitual posición erguida.

– La tía esa es una pelleja de cuidao. Te lo digo, maja. A mi no me altera el pulso ni la Ramona bailando en pelotas. Pero vaya, ¡como te lo digo! ¡que a mi por las venas no me corre sangre común! ¡que yo me trago lo que haga falta! Pero la Susi… la Susi un día me calienta. Hazme caso. Y… ¡ay ese día, hija de mi vida! ¡Que Dios me pille confesá!

Maca se escuchaba en el office hablando con alguien a quien Pereira no identificaba. No obstante, el comentario le resbaló: antes del final del ejercicio Macarena estaría despedida… hasta entonces, se encargaría de que fotocopiase con algo de más rapidez.

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