Capítulo VII.- La formación de Amelia (Amalia)

– Me ha machacado, tía – intentaba con todas sus fuerzas aguantar las lágrimas que estaban a punto de caer por sus mejillas mientras miraba fijamente a la pantalla de su ordenador.- Y ni siquiera se sabe mi nombre, sigue llamándome Amelia.

– Bueno, no te preocupes chiquilla, no ha estado mal, pero es que ella es así. La Susi dejaría en bragas a la bruja de Blancanieves, es la Darth Vader de los Juzgados, sería la que envenenó a Joffrey Baratheon… mejor dicho, ¡ella es Cersei Lannister! No trabaja de mala de películas porque a los directores les da miedo, ¡Tarantino cree que con ella la película sería demasiado violenta!

No podía sino reírse de las ocurrencias de Maca, igual que todos los que estaban a su alrededor. Además, la referencia al director de cine favorito de su hermano la reconfortó de una manera absurda.

Paula había ido a preguntarle en cuanto salieron de la sala de formación, pero no había hecho falta cruzar palabra: la mirada altiva y suficiente con la que salió Susana Pereira, la primera, de la habitación y las caras de circunstancias del resto del staff, lo decían todo. A excepción de Ramona Carrasco, ella parecía complacida, y corrió adelantando a sus compañeros por el pasillo hasta llegar a la altura de Pereira y meterse en su despacho.

– Moreno, ¿y tú no has dicho nada? ¡No me puedo creer que todo el mundo se quede indiferente mientras esa tía pisotea a quien le parece! – le espetó Paula a Nacho Moreno, que miraba desde su mesa con cierta resignación.

El sonido de una puerta al abrirse hizo que todos desviaran sus miradas hacia los ordenadores o el papel que tuviesen más cerca simulando trabajar. Amalia seguía con la vista fija en la pantalla, ciento cuarenta y tres emails sin leer. Había estado todo el fin de semana preparando la formación y no había podido trabajar, como de costumbre, gran parte del mismo. Y, total, para nada, pensaba ahora. Había mostrado un nivel propio de cualquier mono de circo. Igual la echaban. Igual era lo mejor.

– Murillo – el sonido de su apellido la sacó de sus ensoñaciones tremendistas y repetitivas. Matías estaba junto a su mesa con gesto serio, algo nada habitual en él, pero amable -, ¿estás bien? ¿Puedes venir un momento a mi despacho?

Es el fin, pensaba Amalia por el pasillo, van a echarme. No sirvo para el mundo del Derecho, quizá para ningún otro. Me van a despedir. Nadie querrá contratarme. Me quedaré en paro y encima con la mierda de contrato de prácticas que tengo no me darán ninguna ayuda de desempleo. Tendré que volver al pueblo. Siempre puedo trabajar en Modas Murillo. Oh Dios mío, en el pueblo y Modas Murillo, estoy condenada a llevar estos trajes pasados de moda para siempre. No podré adaptarme al pueblo de nuevo. No me gusta la ropa de Modas Murillo, maldita sea.

– Mira, Amalia – empezó Matías una vez se sentaron en su despacho – , sé que ahora mismo no te debes sentir genial, ésto es duro. A mí el tema de las formaciones… no me gusta demasiado, lo pasáis mal y al final tampoco aprendéis lo que realmente importa.

– Lo siento, sé que lo he hecho fatal, tenía que haberlo preparado mejor pero no tenía mucha base del tema y claro, cuando Pereira ha preguntado…

– Para, para. Te voy a decir una cosa, aquí hay que ponerse una coraza ante todos, no puedes dejar que te afecte hasta herirte lo que te dicen. Yo llevo muchos años, así que créeme, tuve a Pereira muy por encima mucho tiempo y sé lo que es estar ahí. Tienes que hacerlo lo mejor que puedas cada día por ti misma, porque eres buena, y si tú sabes que lo has dado todo, no dejes que nada más te afecte. Y no te lo digo sólo por Pereira…

– ¿Carrasco?

Matías sonrió.

– No me hagas hacer la rima que hacéis todos… que tengo que parecer un jefe serio. Como yo confío en ti, a partir de ahora vas a llevar conmigo un tema, ¿vale? Es una demanda que estoy preparando y me vendría bien ayuda. Empieza leyéndote ésto – dijo tendiendo una carpeta repleta de documentos – y lo comentamos mañana.

Cuando salió del despacho de Matías, Amalia volvía a tener ganas de llorar. Ahora sabía que no la iban a echar de momento y la conversación la había reconfortado, pero llevaba bajo el brazo unos cientos de páginas que debía leer y estudiar para el día siguiente. Su jornada laboral había terminado hacía una media hora y esa tarde tenía, por fin, el último examen de la carrera, Derecho Tributario II. Las lágrimas que amenazaban con salir eran ahora de agobio.

Doscientos cuatro emails sin leer en su bandeja de entrada. Una nueva carpeta sobre su mesa con un post-it que decía: 12:15 firma. Según le explicó Paula, Carrasco necesitaba que le preparase la firma para el día siguiente. La primera firma que preparaba en Notaría.

– Desde luego, no sé cómo no entendí desde el principio eso de que los ordenadores aquí son portátiles por algo… Moreno, después de mi examen mando el borrador para la firma de mañana, ¿vale?

– Bueno, pero que no sea muy tarde que sino no tengo tiempo de revisarlo antes de que vayas mañana. Y buena suerte.

Amalia, con el ordenador y las carpetas bajo el brazo, no sabía que ese día sería para ella el fin de una etapa y el comienzo de una historia que revolucionaría no sólo su vida, sino todo el despacho de Flores&Crawford.

– ¿Bajas? – Ernesto Martínez, director de la oficina, le sostenía la puerta del ascensor. Mientras bajaban la examinó de pies a cabeza, con la seguridad de ser el jefe de todo el edificio, el que manda. Y con la misma superioridad le dijo – Oye, ¿qué becaria eras tú?

Se puso tan nerviosa que contestó -Amelia – justo cuando se abrieron las puertas y el director salió sin darle tiempo a corregirse. Mierda.

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