Capítulo VIII. La enchufada (Susana)

Susana estaba hablando con Carrasco cuando pasó la becaria nueva con cara de circunstancias por delante del despacho de Pereira.

– Esta chica se ahoga en un vaso de agua- dijo Ramona-. Agobiada siempre por todo. Hay que entrenarla, no puede andar estresada siempre. La he mandado al notario y vuelve con cara de haber corrido una maratón.

– ¿Que la has mandado a dónde? Ramona, los becarios no pueden salir del despacho durante la jornada laboral. Lo sabes perfectamente. Si le pasa algo en el trayecto nos buscas un lío. No me puedo creer ese error de principiante por tu parte.

Susana estaba a punto de continuar la reprimenda cuando Ernesto Martínez apareció en la puerta. Carrasco se despidió y se fue con una cara de preocupación sobreactuada.

– Buenos días, Susana – dijo casi gritando el director de la oficina, al entrar en el despacho de Pereira.

– ¡Buenos días! ¡Qué sorpresa! ¿Qué tal todo? No te esperaba, te hacía en París – Susana estaba un poco más tranquila que el día anterior, sin embargo, aún le costaba aparentar total normalidad. No obstante, eso no supondría un problema con Ernesto. El más veterano de los abogados del despacho andaba siempre sumido en sus propios pensamientos. Era un hombre agradable, hablaba con todo el mundo de forma jovial y tenía un tono de voz tan elevado que, comentaba, era el principal motivo por el que él había llegado tan lejos: nadie podía aguantarle una conversación completa, lo que le hacía ganar cualquier debate. La única excepción era su madre. De un pueblo de la España profunda, la señora de la Cruz era famosa en todo el bufete. De ella se decía que era la única persona capaz de poner a Ernesto en su sitio, dejarlo callado y manejarlo a su antojo. Así, cuando este le explico a Susana la situación ella no se atrevió a rechistar.

– Verás, Susanita, vengo a pedirte un favor. He estado hablando con mi madre ¡esa mujer endemoniada vuelve loco a cualquiera! Va a enterrar a todo el pueblo. Ahora ha aprendido a usar los mensajes de voz de Whatsapp. ¿Te lo puedes creer? –Sonaba desesperado. Hablaba rápido, alto y más para él que para Susana que, por primera vez en días, tuvo que contener la risa-. El caso es, prosiguió él, que tiene un compromiso con una amiga de la familia y me va a tocar pagarlo a mi. Mira, te pongo el audio para que lo escuches tú… y por lo que más quieras, que no salga de aquí que bastante tengo ya con que todo el mundo la conozca…

– Ernestín, la sobrina-nieta de la Jacinta, la prima de la Erminia, la que cuando eras chiquitín te besaba siempre en la frente y te despedía con un azote ¿te acuerdas? Claro que te acuerdas, la vecina de la abuela Paca, que en paz descanse la mujer. Seguro que sabes quién es. Pues eso. La sobrina-nieta. Una que dicen que es famosa por las tetas. Esa. Que está terminando derecho y quiere hacer no sé qué cosa que hay que hacer antes de acabar, las prácticas o yo qué se qué es, y me lo contaba ayer la Jacin, que vino a casa a tomar un refrigerio y ver la novela, y se me encendió la bombilla porque la maja ha estudiado en Barcelona, y dije que anda tú mira qué casualidad la vida que seguro que puede mi Ernestín echarle una mano a la muchacha. Así que habla por allí con quien tenga que ser y la metes que no creo yo que después de todos los años que te han quitado de venir a ver a tu madre en ese sitio, no puedas tu meter a quien te de a ti la real de la gana, ¿no? Digo yo. Aunque claro igual es que yo ya estoy vieja y no se nada de la vida. Pues eso. Que te mando esto ya que luego se me va el dedo y se me borra lo que grabo y para qué quiero yo más, imagínate ahora repetirte todo que ya me duele la boca. Pues eso. Que ya me cuentas. Adiós.

Susana se obligó a pensar en el juicio del día siguiente, en el enfado con Matías, en la rabia que le provocaba Maca, en el último entierro al que había ido, pero nada hacía efecto. “No te rías, no te rías” se repetía mordiéndose los labios. Desesperada buscó algo que le quitase las ganas de soltar una carcajada… y pensó en los e-mails. Eso funcionó.

– Susana…-dijo Ernesto-. Por lo que más quieras, te pago una cena, todas las que quieras, lo que te haga falta, pero necesito que la metas en tu departamento. Yo en el mío no la puedo tener, si me toca echarle una bronca o despedirla mi madre me quita el apellido. Además, necesitáis a gente, ¿verdad? Si no vais a renovar a Maca una becaria nueva hace falta. Esta chica se llama Cayetana de Torres. Te dejo aquí su número de teléfono.

Pereira no soportaba los enchufes pero no podía negarse, ambos lo tenían claro, la formas de Ernesto no eran ortodoxas pero eso no le quitaba autoridad. La señora de la Cruz tenía razón. Él podía contratar a quien le pareciese mejor y nadie le llevaría la contraría.

– Claro Ernesto, lo hablo con Matías para que se incorpore a principios del mes que viene. 

– Que Dios te lo pague con muchos juicios ganados, mujer. Te debo una buena-. Y sin dejarla reaccionar se dirigió hacia ella y le plantó un beso en la frente… tal y como hubiese hecho la Jacinta.

Un segundo después de la escena, Susana recibió un mensaje de Ramona disculpándose y pidiéndole que saliese con las chicas del departamento esa noche a tomar algo. Sin saber muy bien por qué, Susana confirmó. Unas horas más tarde se arrepentiría.

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