Capítulo IX.- Cumbia (Amalia)

– Susana, yo pienso exactamente igual, de hecho se lo comentaba el otro día a Samanta, la juez del uno que nos llevamos genial y hablamos mucho por whatsapp y eso y…

– Sí, Ramona, a mí además en algunos procedimientos… – Amalia intentaba escuchar pero se perdía en aquel monólogo de Pereira, con la que le daba un poco de miedo interactuar porque no dejaba hablar a quien le llevara la contraria, y todo ello, amenizado por todo tipo de peloteos de Ramona Carrasco.
La conversación pasaba de la importancia de ser un amante de los animales a los bochornosos, en su opinión, atuendos de las distintas compañeras. Por ejemplo, a juicio de Pereira, obviamente secundado de inmediato por Ramona, eran mucho mejor los perros que las personas y más fieles, ella tenía en su casa varios y era la única compañía que la reconfortaba. Cuando Amalia intentó tímidamente insinuar que quizá los seres humanos también podían merecer la pena, recibió una de esas miradas heladoras, como con las que contestaba a los “buenos días” por el pasillo, y a partir de ahí decidió intervenir lo menos posible.
– Amelia, y tus padres entonces ¿a qué se dedicaban? ¿Son de aquí de Barcelona?
– Camareros, tenderos o algo así, ¿no? Es increíble cómo tú has conseguido salir de eso y acabar en un despacho como Flores, ¿verdad? – contestaba por ella Ramona sin mirarla- Por cierto, mirad qué funda de Angustias Juramento me he comprado, me encanta esa diseñadora…
– Pues no te creas, que yo muchos días preferiría tener un trabajo de ese tipo – añadía Paula -, tampoco te creas que es una deshora que tal y como lo has dicho…
Paula era la única que intervenía de vez en cuando, intentando romper la tensión presente, mientras Amalia, Maca y Moreno intercambiaban miradas de fastidio y escribían disimuladamente por su grupo de whatsapp.


Mientras, Ramona, Paula y Susana seguían a lo suyo como si hubiesen ido solas a cenar, comparando cotilleos y tan sólo pidiendo que alguno de ellos ratificase sus afirmaciones de vez en cuando.
– ¿Y la nueva becaria de fiscal? ¿No es la tía más guapa que habéis visto nunca? A mí no me acaba de caer bien, no la soporto vamos, pero reconozco que es guapísima.
– ¿Carlota? Yo he estado hablando con ella, su padre es Juez o algo así, nosotras nos llevamos muy bien – se apresuró a apuntar Ramona, buscando aprobación de Pereira que dijo:
– Ni sabía el nombre, es mona pero vaya, algo vulgar, ¿no?
Acabaron en el Hawaii, lugar fetiche de Pereira y sugerido por ella misma para tomar unos mojitos. Obviamente nadie le llevó la contraria. Amalia estaba claramente incómoda y contrariada, no había empezado el día muy animada de por sí: el aprobado en su último examen de la carrera casi la había decepcionado y esa cháchara clasista y tensa durante la cena tampoco ayudaba.
– ¡Nacho Moreno! No quiero ponerme celoso pero, ¿por qué me has robado a todas las chicas del departamento? – gritó Matías, un par de mesas más atrás junto a Javier Román, mientras ambos reían acompañados de dos chicas más que Amalia no conocía. La cara de Moreno cambió de inmediato, siendo más que evidente el gesto de alivio, como si lo hubiesen salvado de una muerte segura, y apresurándose a juntar las mesas y saludar con desmedida efusividad.
– ¡Susana! Cuánto tiempo sin verte y qué equipo tan maravilloso tienes, ¡estoy por pedirte trabajo! – miró a las dos chicas que acababan de presentar como Anneli y Elena – Es broma, ¿eh? No penséis que me voy a ir así como así del despacho.
Daba la sensación de que Javier Román envolvía y ocupaba por completo el pequeño bar decorado con motivos de surf. Era encantador. Sus palabras parecían una melodía perfectamente entonada, su mirada, brillante, acaparaba la atención de todos los que tenía alrededor. Ni siquiera Pereira le interrumpía, de hecho, estaba callada, recostada sobre un taburete, y lo miraba con gesto severo pero sin decir nada. Él contaba anécdotas de la universidad, en las que siempre puntualizaba que Susana le había dado mil vueltas, fiestas, eventos del despacho que habían acabado con un catastrófico resultado. Todos reían, pero había cierta tensión flotando en el ambiente que, sin embargo, lograba pasar inadvertida.
Amalia empezaba a sentir cómo el alcohol le iba subiendo a la cabeza, se habían separado ligeramente para bailar siguiendo los pasos ochenteros y deliberadamente teatrales de Matías. Ramona, Pereira, Paula y Román se habían quedado apoyados sobre la mesa.
– ¡Vamos a bailar bachata! ¡Venga! Javi, ¿te acuerdas la última vez que estuvimos? ¡Qué historias! – la proposición de Matías dio lugar a la marcha de Pereira y Carrasco, la primera para coger un taxi y, la segunda, para acompañarla, aunque sólo fuesen unos metros, y volver a unirse al grupo rápidamente.
Pasaron del Hawaii al Sabrosón: un lugar todavía más pequeño, con un ambiente tan denso y un olor a sudoración tan excesivo que daba la sensación de que podría solidificarse el aire en cualquier momento. Al estilo caribeño acompañaba el increíble calor que se respiraba.
Los ritmos pegadizos, los chupitos, alguien que la invitaba a bailar, las vueltas, Román y Carrasco hablando a solas “para mí es como una maestra, la verdad, pero siendo amiga, ¿sabes?” “Claro, imagino que en el despacho todos la admiran, es increíble”, una nueva canción, Elena y Anneli bailando juntas sobre un sofá, Matías enseñándole pasos de baile, su mirada cruzándose con la de Javier.
Todavía parecía escuchar el envolvente sonido de la cumbia cuando despertó, a la mañana siguiente, en casa de Matías.

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