Capítulo IX. La Gran Noche (Susana)

Susana hubiese preferido salir a tomar algo con Matías, pero lo cierto es que la situación era tan tensa entre ellos que quizá se hubiese convertido en un desencuentro cualquier intento de normalizar las cosas. Había aprendido que hay ocasiones en que no importa cuánto se esfuercen ambas partes en buscar puntos comunes, cuando una conexión se rompe, sólo el paso de tiempo puede volver a colocarla donde estaba. Por otro lado, cenar con Paula y Ramona solía ser entretenido. La primera se comportaba de una forma enérgica e intensa que resultaba siempre amena y la segunda era un chiste con falda ancha y tacones. Si no te reías con ella te reías de ella. Sin embargo, el tener que ir con el resto del departamento le provocaba una pereza difícil de igualar, por no hablar de fingir que le importaba la vida de alguno de los nuevos. Con total seguridad dejaría de verlos en poco tiempo. No durarían demasiado.

Pensando en todo eso Susana cogió sus cosas y salió del despacho. Estaba cerrando la puerta cuando recordó la agenda en el escritorio, volvió a por ella y la introdujo apresuradamente en uno de los bolsillos laterales de su bolso negro. Al levantar la mirada vio a Matías subiendo al ascensor. Un trozo de hielo pareció caer en su estómago. Sin él, Susana estaba sola en Barcelona.

– ¡Susana! ¡Qué casualidad! Justo venía a avisarte para salir con los chicos. Les he dicho que esto es una excepción, que no se acostumbren a salir a las 21:00 porque entonces los demás departamentos pueden pensar que no nos tomamos enserio nuestro trabajo. Además, hay muchísimas cosas que hacer… pero bueno, un día es un día. ¿Verdad?

– Claro, Ramona. Están todos listos ya, ¿cierto?

No estaba concentrada en lo que Carrasco decía, que además iba normalmente cargado de palabras vacías e intenciones de gustar a Susana la cual, de hecho, no soportaba las conversaciones sin dirección.

– ¡Todos preparados para la gran noche! – Maca contestó a Pereira haciendo un gesto a lo Raphael y entonando la canción. Error. Su humor fácil e inocente chocó con la capa de hierro que Susana llevaba contra él y volvió en forma de mirada fija. Ni frío, ni crueldad. Los ojos de Susana reflejaban superioridad, diciendo en silencio: mediocre.

Detrás venían Amelia, vestida cual payaso, como de costumbre, y Nacho, que caminaba intentando mostrar toda su virilidad y lanzaba miradas que pretendían ser seductoras a cualquier mujer que se cruzara por el pasillo. Maldito momento el de aceptar semejante espectáculo para cenar.

Un par de horas después Susana se retrepaba y cruzaba las piernas en el taburete de una terraza mexicana callejera del centro de la ciudad. El día era idealmente fresco y jóvenes universitarios con los exámenes recién terminados y unas prometedoras vacaciones alcohólicas y libres por delante paseaban entre carcajadas calle arriba, camino a la zona de fiesta nocturna. Por ahora tampoco había sido tan desastroso, de alguna manera, encontrarse inmersa en un ambiente tan distendido la ayudaba a ver las cosas con otra perspectiva. Además, en el fondo, no tener que discutir ni lidiar con nadie durante un rato era de agradecer. Llevaba la voz principal de todos los temas que surgían y se sentía como siempre lo había hecho entre grupos de gente: cómoda. Sabía que todos a su alrededor la respetaban y eran conscientes de ella. El juego infantil entre móviles de Nacho y compañía la traía sin cuidado. Con total seguridad hablaban por algún grupo en común sobre cualquier ocurrencia sin gracia de Maca, pero era tan inofensivo como absurdo… nada de lo que dijesen los ponía en una situación diferente, seguían dependiendo de ella y todos lo tenían claro. Quizá por esa frustración necesitaban acudir a los motes o las bromas de mal gusto, era la única manera de gestionar el hecho de que alguien tenga poder sobre ti y tu futuro. Por lo tanto, esa actitud no le despertaba nada más que satisfacción.

Haciendo alarde una vez más de su control sobre el resto, se dirigieron al lugar de cócteles favorito de Pereira. Había algún otro local que prefería cuando salía sola o necesitaba alejarse de las caras lánguidas de siempre, pero esos sitios donde ahogar sus días tristes debía mantenerlos ocultos.

Al llegar al Hawaii todo se torció. Al fondo del local estaba Matías con dos mujeres a las que Susana ni miró, pero eso no fue lo que le quitó la tranquilidad para el resto de la semana. Junto a aquellas tres caras felices con ganas de prolongar las horas de baile y copas hasta que el sol acabase con la noche, había un rostro altivo, engreído y conocido. Demasiado conocido para Susana.

Habría intentado cambiar de local pero Matías los había visto y se dirigía hacia ellos con una enorme sonrisa sincera e ingenua. Terminaron por sentarse todos juntos y los esfuerzos de Susana se centraron en evitar que el resto notase la tensión entre ella y Javier Román. Sin embargo, él parecía encantado y no dejaba de empujarla hacia el centro de todas las conversaciones, como si pretendiese ridiculizarla. Pereira era toda una maestra en el arte del esquive pero no estaba en su mejor momento y empezó a ponerse nerviosa. Lo solucionó con largos silencios y un par de visitas al cuarto de baño como excusa para salir de aquel momento absurdo que se había creado por su propia culpa. Aprovechó que Matías sugería ir a bailar a otro lugar para regresar a casa, pagó lo de todos y tomó un taxi. No se dio cuenta hasta la mañana siguiente de que había perdido su agenda.

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