Capítulo X. La agenda (Susana)

Susana se despertó temprano, antes de que el baboso del vecino encendiese la radio con el Country de los sábados por la mañana, antes de que el sol tibio le robase el sueño al atravesar las cortinas, antes incluso de que las pesadillas que la acosaban de madrugada se dignasen a aparecer en escena, tan reales, tan dolorosas, tan alarmantes como la vida de Pereira en las últimas semanas. Se dio la vuelta sin abrir los ojos, maldiciéndose por la falta de motivos para desvelarse e intentando volver a conciliar el sueño o, aunque fuese por un momento, la paz que se había esfumado de su casa, de las calles de Barcelona, del despacho, de su estómago y de cualquier lugar conocido para ella. No hubo forma. Y ella ya lo sabía. Se sentó al borde de la cama apoyando ambas manos abiertas sobre el colchón, estirando unos músculos que bien parecían haber recibido la paliza callejera de un par de borrachos en lugar de una retirada temprana la noche anterior, una retirada necesaria e imprevista, una derrota, joder… pensó Susana.

Encendiendo la luz a falta de claridad suficiente, se puso en pie y se dirigió al cuarto de baño. Había dormido sólo con un tanga negro de encaje que al reflejarse en el espejo del lavabo le devolvió una imagen sensual, excitante y provocadora. Subió despacio los ojos por la copia de su cuerpo en cristal, deteniéndose en el ombligo, las caderas, el lunar redondo y perfecto que precedía su pecho izquierdo, el pezón de este, el del derecho, sus hombros y por último, la cara de una mujer que no reconoció. Se miró a los ojos emborronados de negro durante unos segundos, desafiante, y sintió por dentro algo mucho más oscuro que su rostro manchado de maquillaje. Sabiendo lo absurdo que era lavarse la cara antes ducharse, abrió el grifo y escuchó la presión con la que el agua salía del él y chocaba contra tapón de metal. Hasta aquí, se juro, y enjuagó fuertemente su piel con jabón y agua hirviendo; hasta aquí, no más lamentos ni debilidades, tú no eres esa, se repitió con rabia quitándose lo que le quedaba de ropa interior y abriendo la mampara. El vecino puso la música, los primeros rayos de luz entraron por la ventana atravesando las minúsculas gotas de agua que rebotaban contra su piel volviéndolas doradas, su despertador sonó, una, otra, y otra vez más. Todas las veces que hizo falta. Hasta que Susana se cansó de dejar correr el mal carácter, los miedos de esos días y el agua por el desagüe. Hasta que ella, y nadie más en su lugar, decidió salir de la ducha.

Le gustaba desayunar café sólo y tostadas con aceite y sal, un poco más de sal de la cuenta, con lo malo que es eso, gruñiría su padre con tono cariñoso y resignado. Su padre… Llevaba demasiado tiempo sin verlo y sabía que tenía que hacerle una visita pronto. Bajar a Málaga siempre le producía una tranquilidad alarmante. Las calles abarrotadas de gente disfrutando del clima, el buen ambiente y el olor húmedo y salado característico de la costa curaban todos los males, sobre todo el mal humor. Además, Susana, amante de Granada, Nueva York y Barcelona, por ese orden, siempre había encontrando un aire distinto en Málaga. Quizá eran los recuerdos, el tratarse del único lugar donde jamás había estado para nada que no fuese desconectar. Las primeras veces que visitó la ciudad estuvieron todas marcadas por una especie de ritual automático, involuntario, consciente sólo a posteriori. Entrar dirección centro, por la Avenida de Jorge Silvela, pasar el estadio, parar en el semáforo, corta el aire acondicionado, bajar la ventanilla, quitarse las gafas de sol, respirar: la brisa del mar malagueño. Luego se mudaría a Barcelona y el mar se convertiría en algo mucho más cercano y cotidiano, pero de alguna manera… nunca dejaría de relacionarlo con aquellas visitas a su padre cuando este dejó Granada. Iría el siguiente fin de semana, decidido. Después llamaría para avisar, siempre era bien recibida. Fue de la terraza a la entrada del piso para apuntarlo en su agenda. Pero no la encontró. Estaba segura de haberla metido allí el día anterior. Hizo memoria y se vio a si misma entrando en el despacho, metiéndola en el bolsillo del bolso y cerrando la cremallera. Estaba segura. Volvió a mirar. Dio la vuelta al bolso y esparció el contenido por la mesita de la entra. Empezó a ponerse nerviosa, apuntaba absolutamente todo en la agenda, era un diario en clave con las horas y minutos en las que hacía llamadas, tenía citas y … sobre todo, recibía correos. Los correos electrónicos… aquel número de teléfono, y… maldita sea… escuchando sus propios pasos retumbar en el suelo corrió de nuevo a la terraza, cogió el móvil y buscó el número del Hawaii, el lugar de mojitos de la noche anterior, pero allí no había ninguna agenda negra maloskine o cómo se llame, que no, que no, le dijo la mujer que respondió. Olvidando todo su plan de visitar el sur, relajarse y controlar la situación, Susana salió del apartamento con lo primero que encontró en el armario y se subió al coche. Iba a casa de Matías.

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