Capítulo XI.- El cuadro de la serpiente (Amalia)

– ¿No puedes decir hola como todo el mundo? ¿Tienes que darme un flashazo en la cara?

El día ya había tenido bastantes emociones y el descubrimiento de aquella agenda en su bolso la había puesto de mal humor. Aquel entramado de números, citas y letras dispuestos de una forma extremadamente meticulosa no parecían tener sentido más que para la persona propietaria. Jorge se sentó a su lado, soltando su cámara y se interesó por aquel librito.

– Es de mi jefa, Pereira, la que grita todo el tiempo y me llama Amelia – le contó -, mira aquí lo pone. No sé cómo pudo acabar en mi bolso, yo no lo recuerdo en absoluto. Es que me va a matar, no sé cómo devolvérsela, si ya me grita más que me habla por norma general, me da miedo que me eche.

– ¿Le robas a tu jefa y duermes con tu jefe? Hermanita, sin duda te había subestimado, eres una rebelde …

– ¡No pasó nada! Me quedé dormida cuando subimos al baño antes de volver, ni siquiera dormimos en la misma cama. Y no he robado nada, ha aparecido ahí no sé cómo…

Aunque el trato acabó siendo tratar de olvidar, al menos durante esa tarde, el asunto, Amalia no paraba de darle vueltas.

Entraron en La Bohemia, el fantástico edificio dedicado desde hacía un tiempo a todo tipo de actividades culturales y donde Jorge estudiaba su curso. No era la primera vez que iba pero siempre le impresionaba. Las paredes blancas en las que la luz parecía jugar saltarina y alegre entre los espacios, volando de uno a otro. Le parecía un paraíso, ojalá existieran más lugares así.

La exposición era de una serie de fotografías y pinturas del mundo salvaje realmente impresionante. Jorge le recalcaba el mérito de cada una, el ángulo, los colores, el enfoque. A ella cada mirada de una cebra o los ojos de un león se le tornaban en la maldita agenda y su carta de despido.

Le llamó la atención especialmente un lienzo que parecía llamarla desde el otro extremo de la sala. En él, una serpiente, de un verde escamado llamativo y elegante, parecía posar sus ojos negros y profundos en el espectador. Como esperando algo de él. El fondo, era un torbellino de colores que, aunque llamativos, no restaban protagonismo al cuerpo de la serpiente que se enroscaba sobre una bola del mundo que parecía girar a toda velocidad a pesar del abrazo. Igual quería pararla. O asfixiarla. En cualquier caso, parecían tener la clave del misterio esa mirada hipnótica y su expresión de media sonrisa que dejaba adivinar la lengua viperina y unos largos colmillos. El conjunto imprimía al dibujo una sensación que provocaba en Amalia terror y fascinación a partes iguales.

El sonido de su móvil la sacó del profundo ensimismamiento en el cuadro. Dudó unos segundos si debía o no cogerlo. Optó por hacerlo.

Jorge estaba acostumbrado a reconocer en Amalia cualquier pequeña preocupación. Ella, desde pequeños, lo había cuidado llegando incluso a la sobreprotección. En el colegio nunca dejó que nadie se metiese con él, “sólo yo me río de mi hermano, ¿vale?” solía decir. Él, en cambio, poco la había podido proteger, ya que Amalia era la hija perfecta en todos los sentidos. Siempre tuvo claro qué quería estudiar, sacaba buenas notas, era ordenada y tenía grandes planes de futuro. Pero los últimos meses habían sido diferentes. De repente, parecía que algo en ella se había derrumbado.

Desde que conoció a ese hombre, daba la sensación de que ni ella misma podía controlar el caos de sentimientos que la invadía. A él le pareció gracioso al principio, doña perfecta no tenía todo bajo control por primera vez. Y luego se unió ese despacho, el de las flores. Era el trabajo que ella siempre había querido, eso es cierto. El gran despacho donde llegarás a la cima de tu desarrollo profesional. Aunque no era desarrollo lo que él percibía cuando la miraba, sino simple y llanamente agotamiento. Jornadas maratonianas, historias sobre cómo les hacían sentir más y más inseguros respecto a su trabajo: todo estaba mal, nada era suficiente. Su hermana nunca había destacado por una autoestima o seguridad elevada, quizá por eso siempre se había centrado en mantener el control, pero lo de los últimos meses era demasiado.

Él, que siempre la había tenido como su referente de las cosas bien hechas, imaginaba que los malvados jefes que no paraban de señalar imperfecciones tendrían que ser, como mínimo, superhéroes con capa incluida. ¿Y todo eso por un salario apenas superior al de un cajero de supermercado? Desde luego si eso era la cima laboral, él prefería quedarse en los subsuelos.

– Tienes cara de haber hablado con tu segundo novio, el peligroso.

– Sí, y tengo la manera perfecta de solucionar el tema de la agenda: Él se la devolverá. También estaba anoche, puede decir que se le cayó y la cogió él. No puede echarlo ni va a enfadarse con un socio de otro despacho. Voy a ir a dársela.

Jorge supo, desde que ella empezó a hablar, que le estaba ocultando algo. La examinaba con los ojos semi-entornados intentando detectar cualquier pequeño matiz que le diera la clave.

– Sí, parece buena opción. Aunque me sorprende que siempre, todas tus soluciones, pasen por ese hombre. Parece que aunque no quieras tiene un poder de atracción irresistible sobre ti…

Esas palabras resonaron en la cabeza de Amalia hasta mucho tiempo después. Como el cuadro de la serpiente, pensaba de camino a la casa de Javier Román.

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