CAPÍTULO XI. LA CONFESIÓN (SUSANA)

– ¡Dime que no acabo de ver salir a la becaria de tu edificio!

Hizo la pregunta sabiendo la respuesta. Sin embargo, no podía disimular su asombro. Por un segundo, Susana incluso había olvidado la tormenta que tenía en la cabeza. Una rabia extraña y nueva hablaba por ella. Aquella pueblerina con cara inocente llevaba la ropa cutre de la noche anterior y había dormido en casa de Matías. De su Matías. Como si le llegase a él a la suela del zapato, como si las consecuencias de algo así no fueran relevantes, como si él no tuviese claro que no podía hacer algo así. Marías era un imbécil.

– No me lo puedo creer. Vengo hasta aquí y me encuentro con esto. Siempre he sabido que no eras muy listo pero que te acuestes con la becaria hasta me sorprende. ¿Puedo entrar o tienes algún otro secreto en tu apartamento? ¿Visteis una película Disney antes de acostaros? ¿Lleva bragas de algodón color carne? Espero que apagases la luz, por más que te guste dejarla encendida. O que fueses muy borracho. Si no, ya me explicarás cómo has tenido estómago.

Hablaba tan rápido, con tanta fuerza y tan poca autoridad, que ella misma empezó a avergonzarse de sus palabras. No obstante, se empujaban unas a otras, si dejar a Matías abrir la boca. Quizá por eso este dejó la puerta abierta y entró de nuevo en su casa, negando con la cabeza y poniendo en blanco los ojos.

– ¿No me vas a responder? Te mueres de vergüenza. Normal. Tienes suerte de que haya sido yo quien la haya visto.

– ¡Sí! ¡Una suerte tremenda! ¡Nunca me he sentido tan afortunado! Hoy voy a procurar no hacer nada en todo el día ya que he agotado mi dosis de suerte y puede ocurrirme cualquier catástrofe. Como que tú decidas venir a darme los buenos días un sábado por la mañana con esa cara de muerta y esa ropa de deporte tan poco sexy. ¿Se la has cogido a tu madre? ¡Ups! Perdón… eso ha sido sin querer.

– Odio cuando te pones irónico, y pienso que eres un impresentable – Susana obvió el comentario sobre su madre, no le gustaban los dramas en torno a eso-.

– Yo odio cuando me das sermones y te piensas con el derecho de hacerlo, sobre todo si no llevas sólo la ropa interior.

– ¿No has tenido suficiente este noche? ¿Qué pasa?, ¿es igual de mojigata en la cama que en la oficina?

– No. Folla igual de bien que baila. Como tú.

Susana lo fulminó con la mirada pero él no se inmutó. Cerro las cortinas blancas de los ventanales que daban al mar con un golpe seco se dio la vuelta y besó a Susana con violencia, sin abrir la boca.

– ¿Qué mierda estás haciendo, Matías?

– Celebrar nuestra reconciliación y mi suerte mañanera.

– Eres un cerdo.

Pero Susana parecía menos enfadada de pronto. De alguna manera, aquel beso la había devuelto a unas semanas atrás.

– Y hasta hace poco eso siempre te había gustado. Siéntate anda, voy a hacerte un café, hoy parece que me ha tocado el papel de camarero…

Sin dejar de fingir cierta indignación, Pereira fue hasta el sofá y se sentó encima de un antifaz negro.

– ¡Oggg! ¿Enserio?

– Susana, para. He dormido en el sofá y ella en mi habitación. Se quedó porque se encontraba mal – Matías no quiso entrar en detalles sobre la borrachera, era irrelevante-. Esta madrugada entraba demasiada luz y usé el antifaz que me dieron en el último vuelo. Sería genial si pudieses dejar el tema, y también si te quitases la ropa. – Soltó una carcajada-. Venga, dime por qué has venido, llevas días sin hablarme, no creo que te plantes en mi casa sin un motivo de peso, doña orgullosa, aunque con lo bien que hago el café…

Se sintió algo ridícula, pero el alivio superaba cualquier sentimiento. Iba a contarle a Matías que había perdido la agenda y lo que eso podía implicar cuando el sonido de un correo entrante la detuvo. Miró el teléfono sobre la mesita de madera que bordeaba el sofá y los nervios se apoderaron de ella. Matías estaba despaldas tras la barra americana de la cocina y dijo algo. Ella no lo escuchó. Se saltó lo de la agenda, y lo del mulato, y las explicaciones.

– Me están extorsionando.

Susana quería que sonase neutro, despreocupado, duro: como ella era. Pero sonó roto.

Cuando Matías se giró para responder con otra broma a lo que debía ser una encontró una imagen totalmente inesperada: Susana estaba llorando.

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