Capítulo XII.- El amor (Amalia)

El amor es algo complejo, demasiado de hecho, porque realmente las personas también somos complejas. Cada uno interpreta y siente de un modo particular, así que resulta complicado equilibrar y acompasar el mayor de los sentimientos, como es el amor, en dos personas diferentes y llenas de pequeños matices, que la otra puede no entender o desconocer.

Hay quien afirma que nunca se ha enamorado o quien no cree que vuelva a hacerlo nunca, quien no cree en el amor para toda la vida y quien no lo entiende si no es de esa forma. Quien le tiene miedo y quien lo busca sin descanso, quien lo exterioriza todo el tiempo y otros a quienes les resulta incómodo decir te quiero. Quien ama a su polo opuesto y otros que buscan a su alma gemela, las medias naranjas y los lobos solitarios.

Pero todo esto ya lo sabíais vosotros, ningún narrador de historias, por mucho que se esfuerce y ponga detalle en sus descripciones, podrá haceros entender qué es exactamente lo que se siente ni saber cómo lo vais a sentir vosotros. Pero un ávido lector, como vosotros y como lo es Amalia, siempre está en la busca de mejores y más globales historias que, de alguna forma, le hagan entender mejor la suya propia.

Y precisamente en esas se hallaba, paseando sin rumbo por Barcelona tras haber salido de la casa de Javier Román y releyendo ocasionalmente el mensaje en su móvil que le había enviado Rafa “No sé por qué hace días que no me contestas. Quiero verte. Te quiero“. ¿Qué significaría aquel te quiero? Repasaba mentalmente todo lo aprendido en Love Actually, Titanic e incluso los poemas de Becquer, pero no encontraba ni rastro de algo parecido en ella. ¿Es ella la rara o nos habían vendido un concepto excesivamente maquillado?

Pensaba en Javier, aquella historia había sido un error desde el principio. Cuando lo conoció, hace algo más de un año, era uno de los profesores más queridos de la universidad; las plazas para su clases se agotaban las primeras. En seguida vio que su fama hacía honor a la calidad de sus explicaciones: había pasión en lo que explicaba, además de un fino sentido del humor, que se contagiaba de inmediato a los alumnos. Y ella siempre sintió debilidad por la inteligencia, aunque su hermano no lo creyese – ¿Preferirías a Einstein en vez de a Brad Pitt? ¡Qué tontería! -.

Nunca pensó que podría ir más allá de una profunda admiración pero, cuando fue a resolver dudas a una tutoría, hubo química. Por eso, una vez hubo terminado el año lectivo, empezaron a tomar algún café juntos y compartir ideas. Poco a poco descubrió que tras el hombre divertido y dicharachero, cercano e inteligente, había un Javier distinto que se había mantenido oculto tras la imagen de profesor Keating del club de los poetas muertos: el abogado.

Amalia no creía en las teorías de polos opuestos ni medias naranjas, pero lo cierto era que conocer esa dualidad de un hombre que admiraba tanto, le intrigaba tanto como asustaba. Eran pequeñas cosas, pequeños gestos que mostraban a un hombre tremendamente competitivo y exitoso profesionalmente, y que conocía y se enorgullecía de ese éxito. De alguna manera, se alimentaba de ello. Ella no estaba segura de hasta qué punto aquello era bueno. Había cierto desprecio hacia los demás, pero por otro lado, ¿no podía permitirse eso alguien que había trabajado hasta ser el socio de uno de los despachos más importante del país?

Cruzaron una línea cuando él ojeó de manera casual el examen de Derecho Tributario II, un par de días antes de que tuviera lugar, y le comentó el tipo de ejercicios contenía. Por supuesto, no le había dicho las respuestas y sólo la había orientado, así que no había por qué sentir que estaba tan mal. Sí, es cierto que ella corrió como si le fuese la vida en ello para ir a su casa y que le comentase esas orientaciones del examen. Quizá por verlo o quizá por el examen. Pero eso hizo que Amalia no pudiese seguir viéndolo de la misma forma, una parte de la admiración fue derrumbada por la falta de escrúpulos del Javier abogado, y ahí decidió ponerle punto y final.

Aunque claro, parecía que nada iba a acabar hasta que él no lo decidiese, y de momento no habían cesado de surgir ocasiones en que tuviesen que verse.

Sin darse cuenta había llegado a las Ramblas, siempre acababa recorriendo esa calle de arriba abajo cuando necesitaba pensar, era como algo automático. Observar a la gente y sus rutinas, sus relaciones, su asombro mientras descubren Barcelona. Siempre se preguntaba qué habría detrás de todos ellos, cuál sería su faceta oculta, qué provocaría los desvelos de todos ellos. De alguna manera, era como leer un libro y bucear en las similitudes y diferencias de sus historias con la de ella.

Volvió a mirar el mensaje de Rafa.

Él. Lo que ella siempre había buscado: guapo, divertido, con dinero y le escribía te quiero. ¿Podía  pedirse algo más? Ojalá se chocase justo en ese momento con alguien con un sentimiento así y le explicase qué le ocurría. Tenía una sensación de derrota que le recorría de la cabeza a los pies.

“Quizá deberíamos darnos un tiempo. Cuídate.” tecleó rápidamente y pulsó enviar sin pensarlo más veces.

Cuando llegó a casa y vio que Jorge no estaba sintió un gran alivio. Su hermano siempre detectaba en sus ojos cualquier cambio, cualquier emoción. Y sin duda ella estaba cambiando, aunque no sabía si a mejor o peor. Aunque se lo negase a sí misma, realmente no sabía estar sola. Su coraza de chica dura y autosuficiente se venía abajo en la soledad, por lo que alguien dispuesto a recordarle la imagen que quería proyectar era algo casi indispensable. Pero ahora le daba igual y le daba igual hacerle daño a Rafa. Realmente no le importaba. ¿Sería el primer paso hacía su lado oscuro de abogada?

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