Capítulo XIII.- Lunes (Amalia)

Suponía que a todos les costaba un trabajo sobrehumano levantarse cada mañana para ir a trabajar. Además, esa noche había soñado con que Ramona estaba en su casa y le exigía que cocinara algo rico para comer, mientras Susana aparecía en la cocina criticando su vajilla. Ni en sueños podían dejar de atormentarla. Maldito subconsciente.

Quizá a todo el mundo le costaba levantarse para ir a trabajar. No es que Amalia se sintiera especial por esta circunstancia. De hecho, más bien, no se lo planteaba.Al ser su primer encuentro con el mundo laboral, daba por hecho que era o debía ser así. O algo parecido al menos.

Ella no estaba acostumbrada a agachar la cabeza y no tener opinión, no iba con ella, de hecho era más bien que siempre tenía una opinión, fuese cual fuese, y quería expesarla. No pelear. No desautorizar. Simplemente, poder hablar y decir lo que creía. Pero aquella no era la forma de funcionar de Flores&Crawford.

Aquel era un despacho algo peculiar. No quiero con ello decir que el trabajo de cualquiera de ustedes, de cualquier lector, tenga que ser mucho mejor o peor. Pero sí que hay que admitir, incluso para mí que no soy más que un simple narrador, que se me hace difícil imaginar un sitio así. Alguien podría pensar que esto se trata de un relato de ficción, cuando no es así en absoluto, por lo exagerado de la narración.

En Flores&Crawford se daba por hecho que no sabías absolutamente nada y que tu opinión no es en absoluto relevante. Al menos hasta que llevabas allí 3 o 4 años, y aun entonces sólo es relevante de cara a tus inferiores jerárquicos. Porque, por supuesto, hay un sistema totalmente jerarquizado, en el que cada año se aumenta un nivel, por tanto tienes una categoría más que comporta una subida de sueldo. Y ser superior a los nuevos que entren. La subida de sueldo, claro, depende de la nota que te den tus superiores en una evaluación anual.

Básicamente, cuando entras, cualquiera tiene la capacidad de darte órdenes, decirte qué hacer y, después de todo eso, joderte en la evaluación.

El lunes por la mañana, cuando Amalia llegó a la oficina aún no había nadie allí. De hecho, solo se encontró a la limpiadora saliendo. Eran las 7.30. Sabía que a pesar de tener un margen de hora y media hasta la hora de entrada, no iba a tener tiempo suficiente para ponerse al día con sus escritos y contestaciones pendientes.

A las 8.24, Ramona comenzó a rebotar emails con órdenes para sus inferiores jerárquicos, y ya habían empezado a llegar compañeros de otros departamentos. A las 9.05 llegó Elisa, la secretaria de su departamento, había que explicarle a la nueva becaria como funcionaba el departamento y qué tenía que hacer. Aún no había llegado nadie más, así que le tocaba a Amalia. Y la dejó allí. Se llamaba Cayetana y estaba dispuesta a aprender, le dijo con una sonrisa.

Maldita sea. Igual querían echarla y por eso habían cogido una nueva becaria. No era época de contrataciones, sin duda era algo extraordinario. Y parecía maja. Al menos sonreía mucho. Mierda. Pues si me tienen que echar, que me echen. Bastante me están explotando ya, paso aquí más horas que un reloj y sólo veo palos. Seguramente no soy lo suficientemente buena para un sitio así. Pues yo que sé. Ya encontraré otro, ¿no? Sino siempre está Modas Murillo. Puede que no sirva para el derecho.

Todos los pensamientos se agolpaban en la cabeza de Amalia. En parte fomentados por la falta de sueño y en parte por el estrés. La buena noticia era que iba a tener ayuda. Le dio todo tipo de material de papelería. En eso sí que no escatimaban. Luego les pagaban a los becarios 600 euros por una jornada real diaria de 12 horas, pero habían bolis, post-it y carpetas por doquier.

Cayetana ya tenía sobre su mesa un par de demandas para leer y contestar. Si algo había aprendido Amalia de ese sitio era que había que aprovechar oportunidades como esa, o acabaría haciéndolo otro. Tenía una cara peculiar. No fea en sí, pero con una gran nariz semitorcida que hacía que Amalia no pudiese dejar de mirar la sombra que proyectaba sobre uno de sus mofletes.

A las 9.40 llegó Susana. Como siempre sus tacones producían un ruido seco y contundente por el pasillo que iba haciéndose más y más fuerte. Todo el mundo cortaba sus conversaciones y bajaba la cabeza cuando pasaba ella. Apareció acompañada de Ernesto.

-Cayetana, ven a mi despacho por favor.

Cuando hubo sonado la puerta que anunciaba que habían entrado en su despacho, todos levantaron la cabeza.

-¿Qué ha pasado? Esta nueva no sabe dónde se está metiendo, ¿no? ¿Habéis visto que iba toda sonriente al despacho de Susana? A ver cómo sale de allí porque ella llevaba una cara de lunes por la mañana que no veas… – Paula ya se había levantado y situado en la mesa, entre Moreno y Amalia.

-No sé, no parece mala chica

-O sea, pero requete qué, o sea qué tengo que hacer, o sea, escribir, o sea, derecho de qué – Moreno hacia aspavientos imitándola y ponía los ojos en blanco, fijiendo un tono pijo-. No la aguanto.

-No hablarías así de mí cuando llegué, ¿no?

-Mucho peor. Y además, Susana no saluda o se aprende el nombre de nadie que lleve menos de tres años aquí… ¿Y la ha llamado Cayetana?

Sonó el teléfono de Amalia, en la pantalla podía leerse SPereira.

– ¿Sí?…. Vale, voy- colgó-. Susana quiere que vaya a su despacho.

Se le encogió el corazón y casi choca con Ernesto al cruzárselo por el pasillo.

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