Capítulo XIII. El café (Susana)

Se despertó a las seis de la mañana del lunes con una resaca emocional aplastante. Los primeros años en el despacho se pasó los fines de semana trabajando sin descanso. Ahora, cuando tenía alguno libre, lo invertía en resolver problemas. Cansada y con una sensación de indiferencia peculiar se levantó y miró el correo. Aún nada. No podía tardar mucho en llegar, se dijo como el que apuesta conociendo el resultado. Mientras se vestía puso la cafetera al fuego, unos minutos después el aroma volaba por toda la casa. Sonrió. Qué curioso, como un olor puede arrastrarte a otras vidas que ya no existen. Regresó a la cocina, aún sin pantalones, y observó las llamas calentando el café.

Corría por la casa con unas braguitas rosas de lunares, descalza y agitando el oso de peluche de su hermana. Era más grande que ella. Al llegar a las escaleras se lanzó hacia delante, con mirada de persona mayor y pies diminutos. Dando saltitos a los escalones de dos en dos. Al tercero tropezó con el peluche y rodó con él hasta el descansillo. Suerte que el peluche amortiguó, por Dios, si no se nos mata la niña, que nunca estás pendiente de ellas, joder. Su madre le ponía hielo en la frente mientras ella hacía los pucheros de un dolor que ya se había pasado. Ya te he dicho que ha sido un segundo, estaban llamando al timbre y pensaba que no se movería del cuarto de juego. Además, ella es la más fuerte de todos, ¿a qué sí? Cortó el fuego del hornillo y se sirvió el café. Pero no bebió, en lugar de eso corrió hasta ella con las manos en posición para cogerla por la cintura y lanzarla al aire. ¡No le hagas eso que se acaba de dar en la cabeza! Pero él no escuchaba a la madre de Susana, en lugar de eso ambos reían como si nada hubiese pasado. ¡Más alto! ¡Más alto! Reclamaba la niña, con una memoria infantil que ya había eliminado la caída de su cabeza. La dejó en el suelo y después de besarla en la mejilla se dirigió a su madre, tomándola por la cintura ¿tú también quieres? Ella lo miró con reproche. Él ignoró el gesto. Te quiero, le dijo. Y el olor a café se quedó flotando en el aire, solo, como las palabras de su padre.

Cuando llegó a la oficina rondaban las diez de la mañana. Se había tomado otro café, esta vez con un cliente, antes de ir al despacho. Desde el lunes a primera hora me toca aguantar cantamañanas, qué barbaridad. Saludó a Ismael y tomó el ascensor. Estos zapatos van a la basura, pensó girando el tobillo, le hacían daño, mucho, pero le costaba desprenderse de ellos. Al entrar en el ascensor sacó su teléfono del bolso, miró el e mail, diez correos nuevos y entre ellos: nada. Llegará. Seguro que llegará. Tecleó un mensaje para Matías, dando los buenos días y quedando para comer. ¿Dónde? En la hamburguesería gourmet de la esquina a las 14:30. Recibió un correo nuevo. Ernesto. Había llegado la becaria nueva. No doy para disgustos, otra niñata recién graduada con enchufe y malcriada. Habrá que joderse. Pereira hubiese estado mucho más enfadada por el asunto de no tratarse de Ernesto. Durante sus años allí había visto demasiadas situaciones similares. Era cierto. Ellos buscaban a gente con buen nivel, académico, de idiomas, de responsabilidad, de compromiso. Pero todo eso pasaba a un segundo plano cuando entraban en juego los contactos. Seguía habiendo unos mínimos, no había duda, por algo eran el mejor despacho del país, pero el apellido no dejaba de ser un factor importante. No en el mundo del derecho. No en las grandes empresas. Además, era innegable, a los clientes con el bolsillo lleno y roto les encantaba codearse con “hijos de”. De cualquier manera, la vida en el despacho filtraba a las ratas. Los que no valían se quedaban fuera.

– ¡Susanita! ¡Buenos días! ¡Pero qué guapa estás mujer! La semana pasada te noté yo más apagada, pero ¿hoy? Hoy te comes el mundo.– Ernesto la esperaba en el pasillo peinado con la raya al lado, su posición erguida y su gesto afable.- Me ha dicho Ismael que habías llegado, venga, vamos a por Cayetana. Parece buena muchacha. No sabes cómo te agradezco todo esto…

– No hay problema, Ernesto. Para eso estamos.

– Si ya lo decía yo cuando te hicieron socia: Susana vale millones.

Hablaron un rato con Cayetana, iba a ayudar a la otra becaria, la carga de trabajo era grande y cada vez entraban más casos. Si todo salía bien, había opciones de contratación. Cayetana sonrió. Pereira se contuvo. Esperaba que al menos la niña entendiese que ella no le iba a regalar un puesto de trabajo, una vez dentro, tenía que demostrar que servía para algo.

– ¿Te gusta Barcelona, Cayetana? –Le preguntó Susana.

– No está mal, tiene mil sitios a donde ir, o sea, no puede ser aburrida con tantas cosas que hacer, ¿verdad?, o sea en la carrera yo es que no he salido mucho porque tenía que estudiar pero me gusta el ambiente aquí. Hay mil tiendas de ropa, con eso ya se dice todo.

– Siempre con la ropa en la cabeza estas mujeres – Ernesto no tenía mala intención, más bien dejó escapar una frase hecha, un prejuicio más, pero a Susana no le gustó nada el comentario. De cualquier forma, lo disimuló.

– Voy a llamar a Amelia. Tu responsable seré yo, pero estoy hasta arriba así que de momento ella puede explicarte por dónde empezar.

– ¡Muy bien, chicas! Pues yo os dejo que tengo una reunión. Susana, ¿cenamos esta noche? Sí, sí, seguro que me haces un hueco. Y una última cosa… – Ernesto se apoyó en la mesa dando la espalda ligeramente a Cayetana y bajando la voz -. Mi madre viene… se ha empeñado en conocerte. Espero que no te importe, Susanita-. Y sin dejar que Pereira le dijese si le importaba o no, Ernesto se fue, cruzándose, sonriente, con la cara asustada de Amalia. Ella entró en el despacho con expresión consumida. Cayetana la repasó de pies a cabeza sin disimulo, los zapatos pasados de moda, los pantalones anchos, la chaqueta combinada con mal gusto. ¿De dónde habría salido aquella mujer?

Horas más tarde, Matías, mordiendo su hamburguesa de Kobe y hablando a la vez entre risas, no dejaría de repetirle a Susana que aquella noche se cumplirían sus deseos: un trío con la señora de la Cruz y su hijo. ¡Vas a ser la envidia del despacho! ¡Grábate!

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