Capítulo XIV.- Paredes de colores (Amalia)

Existen muchos tipos de miedo. Uno de ellos, es el miedo irracional, incoherente, que simplemente aparece y atenaza nuestros sentidos sin dejarnos ser nosotros mismos y, normalmente, ni siquiera pensar con claridad. Cuando uno lo racionaliza, se para a pensar fríamente, se da cuenta de que en realidad es una tontería; pero en el momento no puede evitar que le tiemblen las manos y se le atoren los pensamientos en el cerebro.

Trataba de racionalizar lo estúpido que era tener esa sensación simplemente por el hecho de hablar con Pereira. Aunque, sin duda, ella estaba acostumbrada a producir esa sensación en los demás. Los comentarios de los compañeros tampoco ayudaban, que si “a mí una vez me gritó hasta que me puse a llorar” o “apenas podía articular palabra delante de ella los primeros años… y todavía evito hacerlo”. Quizá suene ridículo al propio lector el imaginar cómo sin apenas palabras y sólo con la mirada una persona puede producir esa sensación en los demás, seguro que rebuscando en sí mismo, encontrará alguna sensación de miedo irracional parecida, en la que uno se asombra de este sentimiento y casi le produce cierta vergüenza al recordarlo. Influía el hecho de que ejercía su tiranía sobre un grupo de jóvenes dispuestos a comerse el mundo pero sin apenas experiencia en él, claro. Con los jefes era algo distinto, incluso parecía amable y rebajaba sus aires de superioridad. Como un vulgar matón de patio de colegio que se vuelve encantador ante el profesor.

– La verdad es que ha ido bien, parece que vamos a trabajar juntas, que le vaya explicando cosas y que Moreno nos corrija.  Espero que no sea para después echarme.

– ¿Ves? No hay que hacer caso, que Moreno y Paula se ponen muy trágicos, chiquilla. Se les ha envenenado el cerebro con el virus de Flores y siempre andan pensando mal.

Tras su charla con Pereira, Maca le había propuesto un café rápido para que le contara. Amalia prefería no pararse a pensar, ni siquiera en sus propias palabras. Realmente, no se reconocía en esa chica insegura que espera que la echen y que ve a los demás como competencia, ¿estaría ella también contagiándose del virus de Flores? Además, había un comentario que había hecho Pereira, casualmente, que indicaba que seguía sin tener su agenda. Javier le dijo que iba a devolvérsela el mismo domingo, ¿qué habrá pasado? Le escribió un whatsapp rápido preguntando por ello.

Cuando volvieron, Moreno estaba explicándole a Cayetana el funcionamiento de los programas de la intranet del despacho. No había hecho lo mismo por ella cuando llegó. Intentó apartar esos pensamientos de su mente, ser positiva, simplemente alegrarse de que Cayetana no tuviera que aprender a base de palos tanto como ella.

Comemos mañana, a las 14.15 en mi casa y te cuento. La contestación de Javier le produjo sentimientos encontrados. Trató de convencerse de que era algo importante, podían echarla del despacho, así que debía ir.

Las 24 horas siguientes pasaron extremadamente lentas, aunque no quería pensar que era porque deseaba volver a ver a Javier a solas, comiendo de manera distendida, quizá bromeando sobre cualquier chorrada que les había pasado en el día. Como antes. No se atrevió a contárselo a Jorge. No quería que la juzgara y menos aún tener que enfrentarse a sus propios sentimientos y contradicciones.

Cuando llegó, el ático de Javier estaba perfectamente ordenado como siempre. La claridad entraba por las ventanas invadiendo de luz cada rincón e invitando a mirar hacia ellas. Tras los tres grandes ventanales del salón, que daban paso a una pequeña pero coqueta terraza, se veía Barcelona. Bella, imponente, casi podía uno contagiarse de la fuerza de la ciudad mirándola desde ahí, y, al fondo, el mar. Como una balsa de tranquilidad entre el gentío y las prisas.

En el comedor, a la izquierda, la mesa de cristal estaba preparada para comer, lasaña a un lado y un pequeño jarrón con un puñado de flores situado en el centro en homenaje a tu despacho, le dijo Javier al entrar. A la derecha, un elegante cheslong gris con cojines perfectamente ordenados, a pesar de que se notaba que Javier había estado trabajando desde allí los últimos minutos, a juzgar por los tres móviles que había sobre la mesa que se interponía entre el sofá y la televisión, y su portátil medio cerrado. Contrastaba el serio orden de los objetos con los estridentes colores de las paredes. Este era uno de los pocos detalles que la diferenciaban de la casa de Matías, pensó Amalia reparando por primera vez en ese detalle. Quizá todos vivían y eran un poco iguales fruto de trabajos tan parecidos. También era mucho más espaciosa, claro. Los años como socio y profesor se notaban. Las llamativas paredes desentonaban sin lugar a dudas con el estilo clásico y elegante. Parecía que, con tanto color, Javier había intentado parar el paso del tiempo. Probablemente también el paso de su ex mujer. Puede que, simplemente, desconectar de la vida de trajes y plazos estrictos en que invertía prácticamente todo su tiempo.

Mientras él terminaba de preparar cosas en la cocina sin dejarla entrar, se sentó en la silla situada frente a la ventana para disfrutar de las vistas. Respiró profunda y lentamente. Como por arte de magia había olvidado a Pereira y su agenda. Notó cómo todos sus músculos se destensaban y cierta sensación de paz y familiaridad la invadía. Como si aquel fuese un espacio seguro.

Nada más lejos de lo que descubriría unos minutos después.

 

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