Capítulo XIV. Cuando nadie mira (Susana)

Susana entró media hora antes al restaurante donde tenía su cita con Ernesto y la señora de la Cruz. Había adelantado su llegada con la intención de desprenderse de la ansiedad que de nuevo se apoderaba de ella. En los lugares con gente la realidad propia se distorsiona. Ella analizaba los gestos, las reacciones y, si su oído alcanzaba, las conversaciones ajenas. Ver a otras personas sumergidas en sus vidas lejanas la inundaba de una paz momentánea. Se detenía en las expresiones de las caras, en los tonos de voz, en las risas, en lo despreocupado y natural de las situaciones cotidianas que camuflan lo más sucio y doloroso: lo que sucede cuando nadie mira. En la mesa contigua: dos hombres trajeados carcajeaban entre filetes crudos y patatas fritas con nombre compuesto. Quizá uno de ellos estaba enfermo. Cáncer ¿Por qué no? El otro le era infiel a su mujer y tenía hijos. Seguro. Se había enamorado de su amante: una mujer casada que buscando otros cuerpos nuevos se topó con el mundo de los sentimientos descontrolados, de los límites sobrepasados. Ahora ambos querían soluciones y sólo encontraban problemas. Los dos hombres, enfermos, física o mentalmente, seguían saliendo a comer y parecían felices. Y así era siempre. Con todo. Por eso, Susana se consolaba viendo el mundo girar pese a la mierda enterrada tras las puertas de cada casa. Pensaba, con toda su humanidad y egoísmo llevado al extremo, que si todos los demás lograban levantarse y hacer sus días, ella también podía. No era para tanto.

Pidió una cerveza y le trajeron aceitunas. Para la espera, señora. No es que le apeteciera la pantomima. Tampoco es que le costase demasiado trabajo llevarla a cabo, pero aquella cena no hubiese sido su plan para la noche. El e-mail seguía sin llegar. Si quienquiera que fuese el autor de la extorsión seguía sin responder a Pereira, a esta se le acababan las opciones. Por otro lado, llevaba unos días sin recibir fotografías de su propio cuerpo desnudo, lo cual le resultaba desconcertante. Matías y ella habían acordado volver a intentarlo al día siguiente, pero mientras eso sucedía, Susana pensaba continuamente. Tenía instantes de desconexión, sin embargo, sentía que como telón de fondo el tema rondaba su cabeza sin descanso, apareciendo a cada momento, sin importar lo distraída que estuviese.

– ¡Susana! Perdona el retraso, hemos tenido un pequeño percance.

– No mientas, Ernestín. De pequeño nada. Este hijo mío siempre con las excusas. Al menos me consuela saber que no lo hace sólo con su madre que está chocha. Porque eso es lo que estoy, ¿no es verdad? Igual que tu padre. Eres igual que tu padre que en paz descanse. La misma cara de no haber roto un plato en tu vida, pero luego… ¡ay luego! ¡Como que te he pario yo! A mi no me la das y eso lo sabes tú mejor que nadie. ¿O no lo sabes?

Con gesto avergonzado y mirada incómoda, Ernesto parecía un crío con corbata y canas. Hizo una señal de disculpa apresurada a Pereira mientras ayudaba a su madre a tomar asiento y se retiró al cuarto de aseo.

– ¡Pero si has orinado en la gasolinera antes de venir! ¿Otra vez al baño? Y la vieja es una servidora ¡Cualquiera diría! A este hijo mío lo entierro yo, lo veo venir. No sé que os metéis en el cuerpo para aguantar en el manicomio ese que tenéis por despacho pero Ernestín era un muchacho sano hasta que lo encerraron en esa cárcel de locos. ¿Cómo estás Susanita? Mi hijo me ha hablado mucho de ti. Dice que eres una mujerona de los pies a la cabeza, con las ideas bien puestas, sí señor. Lista y guapa, para que luego digan que es incompatible. Como a mí me gusta, marcando terreno. Pues le venía yo diciendo a Ernestín que con una cena en cualquier restaurantucho no te pagamos nosotros el favor tan grande que nos has hecho, mujer. Además, la Caye es una chiquilla la mar de maja. Un poco pava, tú sabes, pero tan maja como la Jacinta. Amigos de toda la vida, de la buena gente de verdad. ¿Y tú? ¿Qué me cuentas tú? ¿A ti también te quitan la alegría en la oficina? A ti no, seguro que no. Nosotras… nosotras estamos hechas de otra cosa.

A la mañana siguiente de camino a Flores Crawford, Susana todavía se reía del espectáculo de aquella cena, no sin, entre recuerdo y recuerdo, pensar en cómo iba a lograr una excusa para no tener que pasar un fin de semana en el pueblo con ambos, porque antes de irse, la madre de Ernesto había dejado claras sus intenciones de enseñarle a Susana lo que era una comida bien hecha, casera, de las de verdad de toda la vida.

Pereira tenía ganas de comer con Matías para escuchar las ocurrencias de este al respecto. Las situaciones cómicas siempre ganaban con él. Sin embargo, cuando llegó la hora de comer y ambos se encontraron en el bar de la esquina Susana no tuvo tiempo para charlas banales. Eran las 14:30 de un martes complejo cuando por fin su correo electrónico obtuvo respuesta.

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