Capítulo XV. Sola (Susana)

            El viernes a las 22:00 en el Manila.

Releyó la línea varias veces. Como si fuera posible averiguar el propietario de la caligrafía de un ordenador. Como si las palabras fuesen a pronunciarse, a decir algo que no habían dicho la primera vez que las vio. Durante los últimos cuatro días, en los momentos a solas, entraba en el correo y buscaba ese mensaje entre otros miles relegados a un segundo plano. Lo abría, lo cerraba, estudiaba su respuesta escueta: “Ok”. Y se preguntaba si… Si no debió decir más al contestar, si no debió olvidar el tema al dejar de recibir e-mails. Si debió nunca ir a aquel lugar en Nueva York, ni acostarse con el mulato, ni repetir, ni parar sus encuentros con Matías, ni estudiar derecho y dedicarse a algo más autentico, más sencillo. No eso no. Eso jamás…

Y entre pregunta y pregunta, se prometía. Esta vez no. Nunca más. Y así, con un peso que ya no era extraño, Susana llegó al jueves con la confirmación de su fin de semana en el pueblo de la Señora de la Cruz y el nervio de saberse a un día de conocer al autor de una extorsión que ahora no sabía si existía.

– No es para tanto. Creo que me vendrán bien un par de días rurales rodeada de señoras que quieren llenarme la tripa y elogiar una juventud que ellas ya no tienen.

– ¿Una juventud qué ellas ya no tienen? ¿estás segura de consérvala tú? ¿Un fin de semana rural rodeada de señoras? ¡Susana! ¡Dios santísimo! ¡María purísima! ¡La vistica! ¡Por todos los santos!

– Matías abrió la puerta del despacho de Pereira mientras ponía voz de vieja y la dejaba pasar sujetándola como hubiese hecho, por ejemplo, con la Señora de la Cruz.

– No entiendo dónde le ves la gracia ni la extrañeza. Además, no podía decir que no.

– ¿No podías decir que no? Primero cambias un fin de semana de borrachera por un potaje y ahora no puedes decir que no. La perdimos. A Susana la perdimos. Ya no tiene remedio. Ve a rezar a la ermita del pueblo por su alma.

– Matías. Eres ridículo.

– En fin. Resérvame al menos el viernes para despedirte. Cenamos peruano y luego te llevo a por unos mojitos a un sitio que me enseñó Javier Roldan la semana pasada.

– Ese hombre me da nauseas. Se viste y anda como un señor, habla para engatusar a cualquiera, se sabe guapo y lo pasea, pero es una rata.

– ¡Venga ya! No vamos a entrar en eso ahora. A mi me cae de puta madre. Sabes que no lo puedes ver desde aquel caso que llevaste el año pasado.

– No tiene nada que ver. Es un imbécil.

– Lo que tu digas. Pasamos del mojito, señora Susana. ¿Un sitio de tila quizá mejor?

– El viernes no puedo.

– ¿La misa de tarde?

– He quedado.

– ¿Con las del dominó?

– Con quien me envía correos con mis fotos desnuda.

La expresión de Matías cambió pese a su intento de disimular la tensión que le provocaba el asunto.

– Lo siento Susana, no me habías dicho nada… pensé que aún no tenías respuesta. ¿Por qué no me lo has contado?

– ¿Para qué? No todo es una broma y tú te empeñas en convertir la vida en eso. A veces no todo está bien, Matías. A veces se pasa mal, se sufre, no se tienen ganas de reír y se encuentran problemas que uno no preveía. Estoy cansada de escuchar ataques de optimismo de gente que piensa que todo se enfrenta con buena actitud, que todo tiene solución rápida y carcajada fácil. No. Eso sólo lo piensan los ignorantes como tu. Cuando las cosas van mal, van mal. ¿O es que si algo sale bien alguien dice: no te emociones que pasará? Si uno puede regocijarse en lo bueno sin que nadie mencione que es efímero, ¿por qué no puedo estar tranquila en la basura de época que me ha tocado vivir sin estar forzada a fingir que todo pasará?

– Puedes hacerlo, desde luego. Pero no cuentes conmigo. Prefiero el grupo de los ignorantes. Y ahora, voy a reírme con alguien que no quiera bañarse en mierda.

Con un portazo y todo el genio que Susana no esperaba, Matías se fue de su despacho y la dejó sola. Más sola aún. Tan sola como parecía querer estar. Por delante de su puerta de cristal pasó Maca con ese despiste enérgico, tan suyo. Luego pasó Ramona y la saludó melosa sin entrar. Becarios, socios, el informático, las secretarias, caras veteranas y personas de las que nunca llegaría a conocer el nombre. Entre algunos de ellos habría romances que nadie sabría, conflictos, complicidades, historias. Cada uno con su vida y ella: sola.

 

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4 comentarios en “Capítulo XV. Sola (Susana)

    • Lo sería si no trabajasen para un despacho como Flores-Crawford. Pero hablaremos con quien corresponde para ver si descargan de trabajo al personal. Gracias por leernos, Ángela!

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