Capítulo XVII.- Marga (Amalia)

Olía a tierra húmeda y verano. El calor, provocado por un sol intenso que se reflejaba en todas partes, parecía envolver todo a su alrededor. Casi sólido, tan denso que parecía que podía tocarse. Pantalones cortos y el pelo recogido. Era difícil soportar los 40 grados de otra forma. Pero no les importaba, corrían arriba y abajo incombustibles; ahora al pilla-pilla, luego a la comba, más tarde y a recomendación de su tía, piscina para evitar una insolación. Tenían esa sensación infantil de que los tres meses de verano son inacabables.

Amalia recordaba correr detrás de Jorge entre olivos, la tía Marga llamándoles para comer, su deliciosa tortilla de calabacín. El destartalado columpio rojo y azul con la pintura tan desgastada por el tiempo que apenas se distinguían los colores. El chirrido del balancín. Las risas. Las historias de miedo acurrucados en la cama por la noche, a las que Marga siempre acababa dando un final feliz para su tranquilidad. Pero si algo caracterizaba sus recuerdos de la infancia de verano era ella, Marga.

Casi veinte años después, se le caía el alma a los pies al escuchar las palabras de Jorge. Ahí estaban los dos, sentados en el sofá con la persiana a medio bajar, las pequeñas motas de luz que entraban a través de ella teñían de lunares la cara de su hermano y le hacían entrecerrar los ojos, aún rojos y cansados por la resaca del día anterior. Tal y como le había anticipado, mientras ella se dedicaba a teclear y teclear y se dejaba absorber por el mundo de Flores, su tía volvía a tener cáncer.

Hacía sólo tres años le habían extirpado aquel maldito tumor. Lo habían cogido a tiempo, dijeron. Marga organizó una gran fiesta, claro. Otra cosa no, pero eso ella lo tenía claro, había que celebrarlo todo. Celebraba cada año el aniversario de boda, aunque hacía años que se divorció, por lo que celebraba también el aniversario del divorcio. Que la vida es muy corta para perder una celebración, decía. 

Hacía meses que no hablaba con ella, pero Amalia la sentía igualmente cerca. Era la persona a la que había contado sus primeros amores, a la que había pedido consejo de los temas más complicados, a quien le había contado los episodios que más le habían dolido. Cómo no iba a sentirla cerca. Y cómo había sido tan tonta de olvidarse de todo, de lo importante, por querer ser abogada. ¿Es que es necesario desatender tu vida para convertirte en una buena abogada?

La tratarían en Barcelona, se mudaría con ellos en tres días, le dijo Jorge. Amalia no tenía ni fuerzas para llamar a sus padres. Sentía una mezcla de pena y vergüenza que parecía sentarse sobre ella y aplastarla contra el sofá. 

No te culpes, no pasa nada, lo siento. Hemos sido muy duros contigo y para eso ya están los de Flores – Jorge sonreía-. Anda vente conmigo al estudio, tengo que sacar unas fotos para la semana que viene y necesito tu opinión de refinada abogada con clase. 

Amalia no imaginaba que ese desenfadado plan de sábado que Jorge le proponía sólo por entretenerla, iba a complicar aún más su vida. 

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