Capítulo XVII. Una persona es muchas personas (Susana)

Una pared de piedra gruesa abrigaba la casa. En Barcelona el clima no castiga nunca lo suficiente. Así, al llegar a las montañas, Susana sintió el invierno mucho más cerca. La leña se agolpaba desordenada bajo el emparrado seco y un par de perros viejos se adueñaban de la entrada, ignorantes del frío. Eran las tres de la tarde, pero apenas había luz, la nubes eran negras y corría mucho aire, abrígate, había dicho la Señora de la Cruz mediante mensaje de voz a las seis de la madrugada con tono de llevar horas despierta.

Levantaba su maleta para evitar arrastrar las hojas y ramas del camino. Dentro había cuatro trapos, un par de sudaderas, camisetas interiores y un pijama. Había olvidado el maquillaje en casa. Al menos no perdió el tren y tuvo tiempo de comprar pasteles en la panadería cercana a la estación, apenas abierta tan temprano.

– ¡Pasa, pasa, mujer! ¡Ernesto! ¿por qué lleva ella la maleta?, de verdad que este hijo mío no tiene vergüenza ninguna. ¡Ni clase! ¡Ni estilo! Se lo han quitado todo esa panda de picapleitos, hasta el brillo en los ojos. Míralo. Tiene cara siempre de necesitar un par de pucheros. ¿También lleva esa mueca en el despacho? Yo, de corazón, que no sé cómo te ganas el respeto de nadie. Será que en el fondo eres buena gente… aunque precisamente por eso… precisamente por eso… no me explico que sigas allí.

– Mamá, por favor…

Ernesto cargaba tres grandes bolsas de la compra y su propio equipaje. Tenía la nariz roja-morada y el pantalón, de traje, salpicado de barro. Desde luego no. Ernesto no tenía el mismo aspecto en presencia de su madre. En Flores-Crawford él paseaba alegría y sólo perdía el primer puesto de los chistes y el humor a cualquier hora porque Matías estaba por allí.

Una persona es muchas personas. A veces en toda una vida, a veces según la etapa, a veces en el mismo día. Varía. No siempre es evidente, ni para todo el mundo sucede con la misma complejidad. Pero una persona es muchas personas. Siempre.

El padre de Susana repetía esa idea todo el tiempo. Estaba convencido de que asimilarla era necesario para encontrar el equilibrio en las relaciones de cualquier tipo. Llevaba razón.

-Susana, siéntate donde quieras y espera un minuto que ya tengo la comida . Al final de aquel pasillo está el baño. Por si una urgencia. Tu cuarto en la buhardilla, luego te lo enseña Ernestín, que ahora no es hora. Cuidado con Lola, que le encanta asustar a la gente y siempre anda por allí. Después de comer he invitado a Enrique que le gusta tomar café y está soltero.

-¡Mamá!

– ¿Qué? ¿Le gusta o no le gusta el café?

– Perdona, Susanita… de verdad que lo siento.

– No te preocupes, Ernesto. A mi también me gusta el café.

Después de toneladas de carne y una sopa espectacular, vinieron los dulces, la sidra y Kike, que además de soltero y cafetero, era escritor, tenía cicatrices de acné en la cara y los ojos muy negros.

La señora de la Cruz se quedó dormida en el sofá, dentadura dentro y fuera al ritmo de los ronquidos, mientras ellos tres jugaban a las cartas.

– Llevaba sin jugar al mentiroso desde el instituto.

– Mira, como tú sin tener sexo, Ernesto.

Kike hacía un chiste de todo continuamente y reía abriendo mucho la boca y provocando un ruido que hubiese despertado a cualquier menos a la anfitriona de la casa, pensó Susana. Ella también rió.

– ¡Que mi madre está delante! Un respeto, por favor.

– Si tu madre sabe dónde está ahora mismo yo me quito la ropa y salgo a correr por el pueblo con este frío.

– Más vale que te vayas desnudando, Enriquito, porque además de saber que mi hijo nunca ha tenido dos dedos de frente para atraer mujeres me han hablado de ciertas carencias tuyas.

Hizo un gesto con los dedos simulando tener entre ellos algo diminuto mientras forzaba la vista para enfocarlo.

– ¡Mamá! ¿Desde cuándo hablas así?

– ¡Aquí siempre todos habéis creído que soy una mojigata! Si yo te contara…

Carcajada tras carcajada, Pereira, se sentía cómoda y de buen humor. En un momento, al entrar al aseo en mitad de aquella tarde de sábado, se vio las ojeras, las manchas en la cara, el pelo revuelto y la ropa de deporte.

Una persona es muchas personas.

 Sonrió. Todo estaba lejos en ese momento. El teléfono, sin batería, colgaba con el abrigo de la percha de la entrada. La agenda, el despacho, el mulato, las amenazas y todo demás, se había quedado en Barcelona.

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