Capítulo XVIII.- La élite (Amalia)

Pocas sensaciones son comparables con la que produce el sonido del despertador por la mañana. Los músculos se sentían pesados y la cabeza aún embotada. El cuerpo no respondía a la orden de su cabeza de levantarse para ir a trabajar. El cansancio era casi crónico ya, después de unos pocos meses trabajando en Flores, esa sensación se mantenía invariable en ella. Y ya casi era el momento de su renovación, quedaba poco más de un mes para que finalizase su contrato de prácticas. Ahora tendrían que hacerla abogada junior y subirle a un sueldo algo más digno esos 600 euros brutos que llevaba ya meses cobrando.

Abogada. Qué palabra. Cuánto la había soñado y qué cerca quedaba ahora. Tenía que seguir adelante, darlo todo, aguantar lo que fuese necesario. Abogada, esa era la meta.

Café. Ropa de abogada: traje ajustado, incómodo, tacones que provocan dolor y rozaduras, tiritas. Intento de aplacar el pelo, como más o menos podía. Bolso pesado, con el portátil del despacho dentro y un montón de demandas que había estado haciendo el fin de semana. Y se puso en marcha.

– Pues sí, se va en quince días y vaya que me han contado que se va ganando casi cincuenta mil anuales. Y buen horario, ¿eh? Saliendo a las seis o siete de la tarde. Vamos igual que aquí. Le mandaron un mail por Linkedin, que vaya a mí nunca en mi vida me han mandado una oferta por Linkedin, que yo no es que le haga caso, pero vaya es que me parece bastante fuerte, ¿será mentira?

– Pues no sé, ella qué llevaba… ¿cuatro años en Flores? Es lo que llevo yo más o menos, voy a ver si actualizo mi perfil en Linkedin vaya, a ver si alguien me contacta. Es que eso es lo que tiene estar en un despacho como este, te abre puertas que si no imposible, ¿te crees que llamarían a alguien de otros sitios para un puesto así?

Paula y Moreno comentaban la noticia del día, una compañera de otro departamento había dado esa mañana su preaviso, según le contaba Cayetana. En los pocos meses que Amalia llevaba en la empresa había visto por lo menos diez u once personas, de una oficina de unos cincuenta, anunciar su marcha.

– Eso es lo fundamental para mí, ¿sabes? Que aquí sólo están los mejores, los que lo merecen, y eso las empresas lo saben y lo valoran.

– ¿En serio, Caye? – contestó Macarena- ¿Ya te han comido la cabeza así? ¿Tú crees que Ramona es la élite del Derecho? No sé, con este nivel de trabajo y presión, ¿cómo no van a ser buenos? Pero… ¿seguro que todo es mérito de ellos?

– ¿Lo dices por mí?

– No, no, quiero decir… mira, Pereira por ejemplo, me han contado que cuando aún no era jefa, cuando estaba como nosotros, tuvieron que llamarle la atención por cómo trataba a sus compañeros, a sus iguales. Claro, así no es difícil entender todo eso que nos dice o nos grita y lo poco que le importamos, pero ¿seguro que ese es el tipo de gente que quieren las empresas? Quiero decir… ¿son siquiera humanos? ¿Tienen vida, ilusión, sentimientos? – Macarena reía haciendo gestos de robot- Qué dices tú Amalia.

– Pues que espero que me renueven, la verdad. ¿Cuándo lo dicen? Queda poco más de un mes y sino no sé cómo voy a pagar el piso, que ya me cuesta pagarlo de normal… y con este contrato no tengo paro, ¿no? Pues me gustaría saberlo para al menos poder dar el preaviso…

Amalia ya se imaginaba pidiendo dinero a su tía enferma para poder pagar el piso en el que esa misma tarde vendría a instalarse un tiempo. La mejor clínica está en Barcelona. Iban a ser unos meses duros, de tratamientos y efectos secundarios.

Al sacar su ordenador cayeron tres o cuatro fotos, de las que había estado revelando con Jorge el día anterior. Eran todas de ella, en las que salía fatal ya que el gracioso de su hermano las había hecho a escondidas: ella en el salón desayunando con unos pelos terroríficos y un pijama de Bob esponja, llegando a casa de noche del trabajo con ojeras, en el metro leyendo… ¿la agenda de Pereira? La guardó rápidamente en su maletín. Qué graciosillo, todavía la metía en un lío.

Los días en Flores transcurrían todos un poco igual y a la vez demasiado intensos y distintos. Un café de diez minutos en la pequeña sala que tenían los trabajadores y donde siempre se escuchaban quejas y situaciones injustas. Cientos de email, varios sobresaltos pensando que algo se había podido pasar, un plazo, un escrito, un email que había llegado en spam. Varios escritos que corregía algún superior y siempre resultaban llenos de correcciones en rojo y, por tanto, conllevaban alguna pequeña o gran bronca, dependiendo del superior jerárquico encargado, que te hacían sentir pequeño e inútil.

¿Es todo siempre tan difícil? No es que ella hubiese soñado con un trabajo fácil, todo lo contrario, pero ¿realmente tenía que ser tan difícil? Todas las frases que ella añadía estaban mal. Su forma de expresarse, le decían que era complicada y poco clara. Y muy negativa. Ojalá la renovasen, aunque no lo veía nada claro.

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