Capítulo XIX. La cateta (Susana)

– La pobre chica lo intenta, pero es que se le nota hasta en los gestos que se ha criado cerca de un cortijo.

– Pensaba que tú también eras de pueblo.

– Yo vengo de ciudad pequeña- Ramona siempre repetía la misma frase-. Además, no todos se desprenden igual de los aires de provincia.

Respondió con celeridad y un matiz de vergüenza. No le gustaba que le hablasen de sus orígenes.

– Sí, es cierto. Recuerdo que me costó meses quitarte el acento.

Aquella noche Susana estaba contenta y sin ganas de callarse las opiniones. Además, le hacía cierta gracia que Ramona intentase reírse de la cateta de Amelia y olvidase que ella vestía ridículamente de marca. Para la ocasión, se había enfundado un vestido de terciopelo verde que Pereira no podía evitar relacionar con las faldillas de la mesa camilla de la casa de la Cruz. Lo cierto es que en la última semana Susana excusaba todos sus pensamientos, pero no dejaba de acordarse del fin de semana anterior con Kike. Desde la vuelta a la realidad no había pasado un día ausente de comunicación entre ambos. Él parecía loco por Pereira y ella disimulaba su obsesión extendiendo el tiempo de respuesta a los mensajes. Se daban los buenos días y noches, hablaban sobre cualquier cosa, un chiste era razón suficiente para extender conversaciones durante horas y, entre risas, historias y audios absurdos, llegó el jueves con la cena del despacho, a falta de dos días para que Kike fuese a Barcelona.

La cena de Navidad en Flores-Crawford era uno de los dos eventos más importantes del año. El otro tenía lugar en verano. Ambos momentos servían para que todo el mundo desplegase su lado más real o más hipócrita, eso dependía de cada personalidad. Los que se pasaban con el vino, el cava y las copas, servían de conversación al resto durante al menos un mes. Siempre había gente perdiendo algún bolso o IPhone de la empresa, lloreras alcoholizadas y sobre todo: infidelidades. Susana observaba y sonreía, cerveza en mano, los bailes, desfases y tragedias que se sucedían en la sala. En aquella ocasión, el socio de fiscal manoseaba con descaro a una becaria monísima en la otra punta de la habitación. Nadie decía nada y, por su puesto, todos tomaban nota de la escena para comentarla a la mañana siguiente en el café. Ese viernes era día de evaluaciones y despidos y, lo más importante para Susana, el comienzo de las vacaciones de Navidad. Antes, sin embargo, quería dejar un asunto zanjado. Miró a Amelia y se preguntó…

– ¡Amalia! Ven un momento – gritó Ramona, que parecía intuir que Susana observaba a la becaria y, tan poco oportuna como siempre, la llamó para mostrar su papel de superior jerárquica.

Susana la ignoró. Las escuchaba hablar, una demasiado llamativa, la otra demasiado introvertida. Hizo como que algo le importaba el tema, luego se marchó. Junto a la puerta principal colgaba su bolso de cuero y su abrigo, se puso ambos y bajó a la recepción del hotel, en el ascensor sacó su teléfono: no había mensajes de Kike. Un malestar imprudente le robó la tranquilidad. Al salir a la calle caminó un poco, no quería regresar a casa tan temprano, tampoco meterse en la cama a pensar, así que tras veinte minutos en tacones subió a un taxi y pidió que la llevasen a un bar junto a la playa. Bebió dos copas en la barra, rechazó otras cuantas invitaciones y, entre tanto, apagó el móvil, como si eso pudiese alejarla de la ansiedad que le provocaba no recibir respuesta.

Te estás convirtiendo en una desesperadapensó. Luego pagó y se fue de aquel antro en el que su vestido de fiesta brillaba más de lo normal.

Horas después, cuando tomaba el café en la cocina de su casa aún sin noticias de Kike, recibió un mensaje de Matías.

“¿Dónde te metiste anoche?, nos vemos hoy en las evaluaciones y comemos juntos después. En el fondo me da pena Maca, es simpática y baila bien ¿la viste anoche? Tragó suelo varias veces ¡Qué artista!, ya quisieras tú esos aires del sur…”

– Este tío es un idiota – esta vez Pereira hablaba sola en voz alta-. Rio igualmente, era como un gesto mecánico cuando se trataba de Matías.

“ A mi me das más pena tu, ayer no te comiste una rosca. Nos vemos en un rato. Y… una cosa más: quiero hablar con tu amiga la nueva”.

“¿Amalia? ¿Sobre qué?”

“Sobre mi agenda”

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