Capítulo XX.- Pato a la naranja (Amalia)

Ruido. Pequeños sonidos. Punzantes, periódicos, fríos. Parecía que su sentido se agudizaba hasta el infinito para no dejarla descansar. Para que su cabeza siguiese dándole vueltas a qué había ocurrido aquellos días.

Se colaba luz por la ventana a pesar de que el estor blanco que se situaban sobre ella estaba bajado. Aquella luz naranja de las farolas de la calle parecía deslizarse por las rejas y luego por los ángulos sin cubrir, hasta reptar por la blanca habitación, dándole un fantasmagórico toque que le ponía los pelos de punta.

Por supuesto que no era plato de buen gusto dormir allí. Y encima no podía desconectar su mente. No sé si alguna vez os pasado que, a la hora de dormir, vuestro simpático cerebro os juega una mala pasada y empieza a recordaros toda una lista de situaciones o momentos sin motivo aparente. Correr con su hermano por Modas Murillo y chocar contra unas clientas a las que se les cayeron todas las bolsas y la mirada de su madre ante esa situación; Jorge con lágrimas en los ojos confesándole que era cierto eso de “maricón” que decían de él cuando ella se encaró con unos chicos del pueblo, una noche en un pub, al escuchar que se reían de él; la sonrisa de Javier en su casa, mientras apartaba el portátil de su vista tras recibir un email de Susana; los nervios y la inseguridad  al hacer la entrevista en Flores; la mirada de Moreno cuando se enteró de que la habían renovado; el incómodo episodio en el despacho de Pereira, que tras llamarla no llegó a decirle nada antes de que llegase Matías pidiéndole que saliera porque la buscaban en recepción urgentemente, que no era nada relevante, que no se preocupara y se fuese, le dijo.

Notaba los músculos agarrotados por la incómoda postura en aquella butaca. Marga se movió ligeramente en la cama y Amalia abrió rápidamente los ojos, apartando una vez más cualquier otro pensamiento de su mente. La miró con ternura. No se podía creer aquella situación, tenía la sensación de estar viviendo un sueño. Aquella atmósfera parecía irreal. Ese hospital, tan silencioso y ruidoso al mismo tiempo, en esa noche tan festiva fuera de allí. Ella, acurrucada en esa silla sin poder dormir y cuidando de su tía, cuando tan frecuentemente había sido al revés, Marga la que le contaba cuentos y la observaba dormir.

Habían sido sin duda las Navidades más raras de su vida. Cada persona, cuando escucha la palabra Navidad se le vienen a la mente una serie de olores, recuerdos, atmósferas y lugares. Espero que os pase, porque si no es así, querrá decir que este narrador es un mentiroso. Pero al menos a casi todo el mundo le ocurre. Está el típico plato que siempre se prepara en tu casa, la tradición que nunca os saltáis, las personas con las que te juntas, incluso la cadena de televisión que os acompaña o no. Para Amalia la Navidad era su pueblo, el frío colándose entre las ventanas que no encajaban bien y los radiadores ardiendo. La chimenea y su madre en un sillón, al lado, leyendo el periódico. El pato a la naranja, que ella odiaba, y los deliciosos polvorones caseros de Marga.

Respiró profundamente, esperando oler ese aroma de hogar y comida casera, pero sólo encontró la fragancia del estéril hospital. Sí, no había forma de escapar de allí. Desde que su tía se empezó a encontrar mal y Jorge la llevó allí, no había podido salir. Tenía varios virus y, recibiendo quimioterapia, las defensas estaban demasiado bajas como para que su cuerpo pudiese combatirlos. Por eso Jorge fue a buscarla al despacho el último día y, desde entonces, habían celebrado Nochebuena y Navidad turnándose para dormir con ella. Igual que sus padres, a los que este año les había tocado viajar y venir ellos a Barcelona.

El piso era un caos. Con el colchón hinchable en mitad del salón, apenas había espacio para acceder a la cocina. Su madre, por supuesto nerviosa por la enfermedad de su hermana, no paraba de dar instrucciones intrascendentes acerca de cosas que debían hacer y que, por supuesto, al final nadie hacía. A Jorge también le estaba costando esa intromisión en “su” espacio. Él, que prácticamente había huido del pueblo y, aunque no lo reconociese, de la vida en casa de sus padres, andaba todo el tiempo rehuyendo sus preguntas.

Y Marga mejorando poco a poco. Ojalá fuese suficiente. Amalia no quería ni pensarlo demasiado, el simple pensamiento de que algo pudiese ir mal hacía que se le humedecieran los ojos.

Maldita sea, no valoramos lo que tenemos hasta que todo cambia y, de repente, añoramos el frío que entra por las ventanas viejas y hasta el sabor del pato a la naranja.

Y así, una noche más, se quedó dormida.

Anuncios

Un comentario en “Capítulo XX.- Pato a la naranja (Amalia)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s