Capítulo XX. Media Locura (Susana)

Susana esperaba en un restaurante cercano a la estación de tren la llegada de Kike, copa de vino en mano: para abrir boca. Sin embargo, a diferencia de la semana de obsesión con él, esa noche su cabeza andorreaba en otra cosa. Era el viernes de las evaluaciones. Para ella no suponía más que un tramite, demasiados años pasando por ellas y siempre la misma rutina: lágrimas y malas caras consecuencia de la poca profesionalidad de los nuevos y el cansancio de los veteranos. Ese día, tras un despido y criticas bien merecidas a un par de miembros del equipo, había decidido hablar con la becaria. Pese a que había dejado el tema reposar durante un periodo, aún necesitaba saber qué había pasado con su agenda. Sin embargo, allí estaba Matías para evitarlo.

-¿Por qué has hecho eso? Te había dicho que quería hablar con Amelia.

– Yo hablo con ella. Además, dudo que sepa demasiado, probablemente tiene una explicación sencilla. No todo es tan enrevesado como tu piensas, Susana.

-Estoy harta de que te metas en asuntos que no te incumben. Por otro lado, me has quitado autoridad.

-Nada que ver. Sólo he dicho que la llaman. Si después vuelve a preguntar qué era, dile que hable conmigo y que es para un caso nuevo. Ya veré cómo hago para que suene realista. Te pido, como favor personal, que la dejes por ahora… no lo está pasando bien.

-Lárgate, ya hablaremos.

-Y, Susana…

-¿Qué?

-Se llama Amalia, no Amelia. ¡Amalia! Que ya podías aprenderte el nombre de tus empleados.

Matías se fue con cierto mal humor y Pereira estaba más enfadada con él que nunca. De pronto sentía que había perdido todo el respeto que él le tenia. Una rabia repentina se apoderó de ella. Sentía latir las piernas, las manos, el pecho.

-¿Qué cojones te has creído? – grito con un desgarro en la garganta mirando a la puerta de cristal por donde su compañero acababa de salir.

Más tarde, al salir al baño, escuchó el cuchicheo de tres junior del departamento de Derecho del Trabajo. Los fulminó y caminó con la espalda recta, la habían escuchado.

Ahora, mientras esperaba en aquel lugar, se debatía entre enviar un mensaje al idiota de Matías o ignorarlo. Normalmente él siempre volvía. Pero esta vez parecía no tener la urgencia de otros tiempos. Y cuando por fin se decidió a coger el teléfono para empezar una guerra, apareció Kike. Llevaba unos pantalones grises de pana que ella jamás hubiera elegido y que a él le quedaban perfectos. Iba despeinado, con una camisa azul marino y una sonrisa que borró todo de la mente de Susana. Todo, menos las ganas de acostarse con él.

-Estás… preciosa.

-Vamos a acostarnos aunque te ahorres los cumplidos.

-Lo sé, tienes más ganas que yo.

-Sin duda- respondió Susana sintiendo la misma paz de la semana anterior.

Y continuaron con la cena. Estaban en un restaurante de cocina vasca que Susana conocía gracias precisamente a Ernesto.

-Esta comida es brutal- dijo Kike mientras daba un sorbo al Rioja.

-Ernesto adora este lugar.

-¿Enserio? A mi ese capullo sólo me lleva a sitios cutres. La última vez que fuimos de cervezas me hizo pagar. ¡Con lo que cobra el cabrón!

-No puede ser –dijo Susana riendo y exagerando una sorpresa que, en realidad, era sincera-. Jamás me deja tocar la cartera y siempre me enseña los mejores restaurantes de Barcelona.

-Es de la vieja escuela… ¿Tanto vais a cenar?

-¿Eres celoso?

-Ni un poco. Curioso más bien.

-No, no salimos mucho, pero son muchos años compartiendo despacho, ha habido para todo. Además, es divertido.

-Bueno… definir a Ernestín como divertido es ir demasiado lejos…

Esta vez ambos rieron al mismo tiempo. Y brindaron. Y siguieron comiendo. Y brindaron otra vez. Y Kike vino a recordarle a Susana quién era antes de Flores.

No fueron directamente a casa de Pereira, pasaron antes por La Estación, un bar cercano con nombre original.

– Parece que en el dueño se quedo seco de ideas – bromeo Kike al leer el cartel.

– ¡Sorpréndeme! ¿Qué nombre le hubiese puesto el señor escritor? –Susana se sentía más atractiva que nunca.

– Pues está clarísimo. ¡El Tren!

Ambos entraron.

-¿Qué vas a beber? Yo invito, que luego te quejas de Ernesto.

-¿También cobras ese locura? Joder, ¡qué partidazo!

-Para.

-¡La pregunta es enserio!

-¡No! ¡Claro que no! Él es el socio director.

-¡Uhhhh! Entiendo. Cobras media locura.

Cuando amanecía, aún en el ascensor, Susana empezó a desabrocharse la blusa, el resto: siguió hasta la hora de comer.

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