Capítulo XXI.- El Santorini (Amalia)

Lo largas y lo cortas que habían resultado las vacaciones de Navidad le resultaba una paradoja. Por un lado habían pasado volando, apenas una semana después volvía a estar en aquella oficina, que ese día, viernes después de las vacaciones estaba prácticamente vacía. Amalia no lo sabía, pero le habían dado el día libre a todos. A todos menos a los becarios y J1 (los abogados de primer año), y por supuesto sin decir nada. Era justo el día en que Marga recibía el alta y volvía a casa, le hubiese gustado estar con ella y, viendo el panorama de la oficina, se sintió tan abandonada y sola que no podía evitar unas terribles ganas de llorar. Tenía cosas que hacer, claro, aunque en vacaciones, a los pies de la cama de su tía, había hecho de tripas corazón para intentar concentrarse y llegar a ese día con todos sus asuntos pendientes, dentro de sus posibilidades, porque allí era totalmente imposible tenerlo absolutamente todo hecho. Pero no había ningún superior jerárquico que le corrigiera, ni que organizara los cientos de email que se acumulaban en su bandeja de entrada con un montón de trabajo por hacer.

– Bueno jefa, qué hacemos – Cayetana sonreía mientras atravesaba el pasillo hasta llegar a su sitio-. Yo he venido un poco más tarde porque ya sabía que hoy no vendría nadie, o sea que he pensado que para qué madrugar si da igual, ¿no?

– Ya bueno, los demás no lo sabíamos y estamos aquí como pringados, como siempre.

– ¡Pero qué dices! Si es tu primer día como J1, has conseguido entrar, o sea, ser abogada de Flores. Tendrías que estar como loca de contenta, ¿no? O sea, yo estaría felicísima y a mí aún me quedan como mínimo cuatro meses para eso.

Realmente no era lo que Amalia sentía. Ella pensaba en Marga, sus ojeras y su tez ligeramente amarilla. En que parecía una muñeca de cristal el primer día que se levantó a andar un poco por el pasillo. En el hueso marcado de su muñeca. En su sonrisa mientras decía que estaba bien con un hilo de voz. Y en toda aquella gente que se habían ido un día más de vacaciones sin dejar instrucciones y sin decir nada a ellos, porque parece ser que no se merecen ni eso. Había sentido muchas veces desprecio en ese despacho, pero nunca de una forma que le doliese tanto. Como si de verdad no importasen lo más mínimo. A nadie.

Bien es cierto que ella se sentía también especialmente frágil, había dormido poco aquellos últimos días y además se había forzado a trabajar a pesar de todo, lo que ahora sentía como un error. En el fondo qué más daba todo eso. Notaba como sus sentimientos empujaban con fuerza las lágrimas en sus ojos, así que decidió que lo mejor sería intentar hacer de aquel día algo ligeramente productivo. Al fin y al cabo, era abogada de Flores, un honor como decía Cayetana, y como siempre recordaba Pereira había cientos de currículum en las mesas de todos los socios de personas esperando esa oportunidad. No podía desaprovecharla.

Intentaron adelantar lo que podían, no sin cierto miedo a que cuando el lunes siguiente llegase Ramona les echase en cara que todo estaba mal y no había servido para nada que viniesen a trabajar. Pero, sinceramente, no sabían qué más podían hacer.

Poco antes de la hora de la comida sonó el teléfono de Amalia, era Matías.

– Hola Matías, feliz año, no sabía que estabas en la oficina… Sí, aquí estamos sólo Cayetana y yo, no sabíamos que nadie más vendría… ¿Comer? Bueno, aún me quedan cosas que hacer y… Vale, pues bajo en diez minutos.

Apenas le había dado opción. Realmente ella quería salir de ahí lo antes posible y ver a su tía, pero Matías decía que tenía que comentarle algo de trabajo y evidentemente no podía decir que no. Allí nunca se podía decir que no a un jefe, ni no sé, ni no me da tiempo, ni tengo una vida fuera a la que también tengo que atender, comer o dormir. Eso no estaba permitido y todos lo sabían.

La llevó a un pequeño restaurante griego a apenas unas calles del despacho pero que Amalia no había visto nunca, y realmente dudaba que alguien que no fuese expresamente buscándolo, lo encontrase. Había que acceder, desde la calle principal a un pequeño callejón bastante abandonado y con unos edificios que parecía que se te podían caer encima en cualquier momento y, de ahí, torcer a la izquierda  en la segunda calle, hacia otro callejón aún más destartalado y sin salida. Y entonces llegabas al Santorini, pequeño pero coqueto, con unas mesas de madera pintadas de azul, a juego con las sillas, y manteles de cuadros. El ambiente era muy familiar y a Amalia no se le ocurría un lugar que pegase menos con un socio de su despacho que ése. Aunque eso sí, la comida era deliciosa: musaka, joriatiki, tzatziki, piperato… No consiguió retener ni uno de los nombres de aquellos platos pero le encantaron todos.

Mientras tomaban el café, por fin Matías tomó la palabra mucho más serio de lo que había estado hasta ese momento:

– Mira Amalia, sé que no estás pasando un buen momento pero hay algo que tenemos que hablar y creo que es mejor que lo hablemos nosotros antes de que, bueno, esto derive en algo mayor. Sé que seguro que tendrá una explicación mucho más sencilla de la que me imagino.

Por primera vez desde que lo conocía, Matías parecía nervioso, situación que se le antojó absurda por hablar con ella, la S1 a la que ni siquiera habían avisado de que nadie iría a la oficina, a la que la jefa llamaba Amelia y nunca saludaba por el pasillo. Eso la inquietó  tremendamente pero, también, sintió cierta empatía con él, era como si… la estuviese tratando como a una persona. Ni inferior jerárquica ni S1, una persona. Pensado así a cualquiera podría pareceros una tontería, pero lo cierto es que, a base de que nadie lo haga, un gesto como ese puede incluso conmover. ¿Que debería ser lo normal? Ya, ya, eso pensáis porque no habéis trabajado nunca en Flores…

– Bueno pues, aquel día que salimos con tu hermano, que tú llegaste más tarde… resulta que estaba también Susana y no sé cómo ni por qué pero tu hermano reconoció su agenda – el corazón de Amalia empezó a latir tan fuerte que le pareció que Matías debía estar escuchándolo-. Ella la había perdido y estaba nerviosa por eso, y seguro que hay una explicación pero me gustaría que tú hablases con él o si sabes algo me contaras porque bueno, va a ser peor si Susana os pregunta.

Matías sonrió.

Amalia no sabía qué decir y, por primera vez en todo el día, las lágrimas que había estado conteniéndose empezaron a rodar por sus mejillas.

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