Capítulo XXI. Poliamor (Susana)

No recordaba su edad cuando sucedió, pero aún no tenía tetas. Susana llevaba una falda de cuadros aquel día, y unos leotardos, y unos zapatos enormes y embarrados por la hora del recreo. Le habían cancelado la clase de piano de las 16:00 y estuvo jugando con Ángela en una plaza cercana a su barrio. Después, dijo a su amiga que tenía deberes de la seño Maite, que quería volver temprano. Entró en su casa y vio un maletín exageradamente brillante y negro en la mesa del comedor. Se acercó y lo tocó: era suave y olía a cuero nuevo. Papá odia el cuero… no le va a gustar. Dejó su mochila de lunares en el sofá, aún sabiendo que su madre se enfadaría, y fue a buscarla para decirle que debía comprar otro regalo para el cumpleaños de papá. Porque él siempre acertaba y ella parecía no conocerlo, y porque aunque él disimulase los problemas e hiciese creer a todo el mundo que estaba feliz, Susana creía que, a veces, a su padre también había que cuidarlo. Porque él siempre cuidaba de todos, y tenía en cuenta a Susana, a su madre y a su hermana, y pensaba en cada detalle, y en que en verano a todas les gustaba ir a la playa a Cádiz aunque a él le gustase la montaña. Y conducía un montón de horas y jugaban al veo veo en el coche todo el trayecto, aunque estuviese cansado. Pero su madre no se daba cuenta de nada y por eso Susana estaba enfadada aquel día. Un maletín de cuero no era el regalo de cumpleaños adecuado para papá.  

Iba por el pasillo que llevaba a la habitación muy dispuesta, moviendo los brazos a un lado y otro de forma exagerada, rectos y con los puños apretados, el ceño fruncido y todo lo que iba a decir repitiéndose en su cabeza. Abrió la puerta de la habitación con fuerza, con decisión, y vio a su madre de rodillas en la cama. De espaldas. Desnuda. Y él… él…no era papá.

– No confió en los hombres.

Susana llevaba puesta sólo una camiseta y estaba sentada en la butaca de la barra americana que había en su cocina, bebía café. Kike, que la miraba con interés, estaba despeinado y recostado en el sofá.

– ¿Y sí confías en las mujeres? –le preguntó con tono irónico.

– Tampoco. Menos aún. Pero no busco fidelidad femenina. Ese es más bien problema tuyo.

– No realmente. Yo confío en ambos. Creo que el problema es cargar sobre ellos la obligación de pasar toda la vida amando a una sola persona. Como si ese fuese el objetivo último del ser humano: vivir en pareja, pacifico y fiel por el resto de los días. Amén.

– ¿Te has unido al discurso del poliamor? No puede ser… no te hubiese clasificado nunca como defensor de semejante teoría. – Susana sonaba escéptica, pero quería saber más sobre la opinión de Kike. Le importaba. Y Kike también.

– Quizá no haya que clasificar tan fácilmente. No pertenezco a ningún grupo defensor. Tengo mis propias opiniones respecto al amor y las relaciones. Algunas coincidirán contigo, otras no… y algunas las habrán expresado muchas personas antes que yo y por eso nos catalogas. Pero no creo que sea justo.

– Te estás liando. Olvida lo que he dicho sobre unirte a ese discurso. Explícame qué piensas.- Un matiz de autoridad asomó en Pereira. No podía evitarlo en situaciones así.

– ¡Uy, uy! La letrada me evita el debate. Kike 1 – Susana 0.

Pereira sonrió, pero no iba a dejar de insistir en el asunto.

– Te machaco en cualquier debate. Tenlo claro y tenme miedo. Ahora: cuéntame.

– Yo no soy abogado de Flores, Susana. No temo que nadie me gane discusiones ni pienso que ganarlas me revista de autoridad permanente. No puedo explicártelo con claridad. Ni siquiera yo lo entiendo del todo bien, la vida me va cambiando y lo que pienso, mis creencias, valores y principios, cambian conmigo. Puede que hoy afirme absolutamente ideas que mañana negaré, por eso no es sencillo hablar de algo que se adapta tanto a la situación personal y emocional, sin embargo… últimamente he estado pensando que se puede amar a varias personas a la vez. Quizá alguien te aporte risas y buenas conversaciones, habrá hombres que disfrutes viajando y otros que te den tranquilidad y seguridad, el hogar tranquilo y la vida cómoda. Puede que nadie te haya hecho el amor como yo y seguramente jamás podrías hablar conmigo como hablas con alguien de tu profesión y para ti eso sea importante y necesario en una pareja. Y ¿por qué no? ¿Por qué no puedes querer a todas esas personas por separado? ¿Por qué es limitado el amor?

– Podrías tolerar que la persona que amas, ame a otra. – Susana se sentía mal.

– Nunca lo he vivido. Pienso que sí, y también pienso que hay que aclarar algo: no ama a otra persona, ama también a otra persona.

– No es lógico.

– Vaya argumento de abogada. ¿Siempre has sido fiel?

– No, nunca. – Susana fue rotunda.

– ¿Ves?

– Tampoco había amado nunca.

Y justo en ese momento, se arrepintió de haberse expresado en pasado. Y tuvo miedo de sí misma.

 

 

 

 

Anuncios

2 comentarios en “Capítulo XXI. Poliamor (Susana)

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s