Capítulo XXII.- Eyeliner (Amalia)

Hacía tiempo que no se veían. Amalia ni siquiera estaba segura de que él fuese a querer verla. Quizá lo había idealizado como un alma errante y libre, tan perfecto que no era más que una mera casualidad inmerecida que se hubiese fijado en ella. Qué daño nos han hecho las películas de Disney, pero qué difícil quitarse de encima esa mezcla de inseguridad e inferioridad adquirida.

Aunque siempre había querido ser sexy, nunca se había sentido capaz. Eso era para otras, esas chicas perfectas que siempre parecían tener la piel lisa, la sonrisa perfecta y una pose casual y refinada en las fotos. Será que ellas serían las princesas. Porque Amalia tenía espinillas ocasionalmente, el maquillaje siempre medio corrido y bastantes fotos comiendo kebap cuya salsa resbalaba por sus comisuras. ¡Como para tener una autoestima de princesa así!

Simplemente, tenía asumido que no “encajaba” dentro de esas chicas perfectas, que le daban cierta envidia, todo sea dicho, por la aprobación social y su manera de combinar la ropa, en lo que ella nunca había conseguido ser muy cuidadosa. Pero, por otra parte, lo había aceptado de tal forma que se sentía libre de no tener que pedir ensalada en vez de pizza ni fingir que se había puesto lo primero que había encontrado en casa.

Ah, y también sudaba. Como en este momento, que le sudaban las manos y, en su nuevo papel de femme fatale, empezaba a pensar que no debía de encajar mucho la sudoración. Había puesto especial atención en su maquillaje, aunque estaba segura de que en unos minutos su perfecto eyeliner se acumularía en uno de los extremos de su ojo produciendo un efecto mancha.

– ¿Dónde vas así de guapa? – le preguntó Marga cuando la vio pasar por el pasillo.

– Ay, tita, no sabía que estabas despierta, ¿cómo te encuentras?

– Nada de eludir mi pregunta, vestidito y maquillaje a lo grande… creo yo que alguien tiene una cita.

– ¿Voy hecha un payaso? Si es que, no sé, no es una cita en realidad.

Marga le sonreía con ternura, por fin había podido volver a casa y aunque aún se sentía un poco débil estaba encantada de haber mandado a su hermana y su cuñado de vuelta al pueblo, “yo me quedo con los jóvenes, que algo de salud se me pegará“.

– Mira, te voy a dar el peor consejo que se puede dar a nadie que es: sé tu misma – Marga se echó a reír-. Es algo muy ambicioso porque presupone que uno sabe quién es y, totalmente inútil, porque como uno es no se puede cambiar y si estás nerviosa es justo porque eres así.

– Vaya, pues gracias por el consejo, entonces no me hago pasar por Beyoncé, ¿no?

– Lo único que te digo es que en la vida las cosas son más fáciles de lo que siempre nos montamos en la cabeza y si tienes que forzar, es que no es tu talla, ¿me entiendes? Que salga solo o no saldrá nunca.

– Marga, es que esto es distinto, no es exactamente que me guste un chico, que bueno en cierta forma también. Es que es mucho más complicado, además de que me guste creo que me ha metido en un lío enorme que no sé cómo va a acabar.

– ¿Y qué piensas hacer tú?

– Desenredar ese lío. Si puedo, claro.

Una hora y varias paradas de metro más tarde, estaba frente a la casa de Javier Román. Tomó aire y llamó a la puerta. Y sí, el eyeliner ya estaba medio emborronado.

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