Capítulo XXII. Amor sueco (Susana)

El fin de semana con Kike fue intenso. Tanto, que cuando Susana se quedó sola en casa el domingo, el vacío era insoportable. Se acercó a la ventana del salón que enseñaba Barcelona y pensó en las escenas de sexo de los últimos días. Aún le temblaban las piernas.

Una vez estuvo con un hombre sueco que la mantuvo risueña un mes. Lo que más le gustaba de él eran las caras de sorpresa: tapas gratis en Granada, la puesta de sol de los acantilados gallegos, 18 grados del invierno malagueño, las cenas a las diez de la noche en las calles de Madrid, ¿es que nunca llueve aquí?… todo era una novedad en el viaje a España de aquel mes de enero tan borroso. Después de que ella y Daniël se despidieran en el aeropuerto, Susana estuvo de mal humor con todo el mundo durante semanas. Lo echó de menos y pensó en ir a visitarlo. Nunca lo hizo. Recordaba los días que pasaron juntos con cariño y creyó en alguna ocasión que el amor podía ser aquello. La sensación, sin embargo, era totalmente diferente, esta vez la ausencia de Kike la angustiaba, sobre todo porque no estaba segura de saber hacia donde se dirigían.

Se acostó temprano para acelerar el paso del tiempo. Al menos el lunes la mantendría ocupada y además, planeaba llegar temprano al despacho. Había pasado dos días sin tocar el ordenador y eso significaba varias noches largas en los próximos días. Cada vez tenía más trabajo y sentía que, de alguna forma, los tiempos estaban cambiando. En la época en que ella empezó a trabajar para Flores-Crawford, los recién contratados estaban muchísimo más saturados que los novatos de ahora. Pensando en eso se inclinó sobre la mesita de noche, para sacar su agenda del cajón y anotar que tenía que hablar sobre aquello con Ramona al día siguiente. Al abrirla se sintió peor aún. Habían pasado muchas cosas que aún no había tenido tiempo de asimilar.

Eran las 7:00 A.M. cuando cruzó los portales del edificio. En su planta aún había poca gente. Al pasar por la puerta del despacho de Ernesto lo vio dentro. Joder, pensó, pero él la vio antes de que Susana lo evitase.

– ¡Susanita!

– ¡Hombre, Ernesto! Ambos madrugando, por lo que veo.

– Sí, prefiero las mañanas a las noches. ¡Voy para viejo! ¿Quién me lo hubiese dicho a mi? Con lo que me gustaba a mi una buena noche despierto…

– A veces tocan las dos cosas…

Susana se esforzaba por aparentar normalidad, pero no sabía como evitar preguntas sobre Kike.

– Cierto, pero al menos ahora parece que puedo elegir, antes no hubiera podido acostarme, uno va aprendiendo poco a poco a delegar. ¡Muerto abajo! – dijo Ernesto con energía.

– Exageras, ambos sabemos que a ti te gusta tenerlo todo controlado.

– Esos eran otros tiempos Susanita. Bueno, te dejo y sigo con el desastre de e mails que tengo esta mañana. ¡Buen día!

Y sin siquiera rozar el tema, se volvió a su despacho.

En lugar de sentirse aliviada, Susana se puso nerviosa y caminó rápido hasta llegar a su escritorio y sentarse. Estás loca… ¿no era lo que querías? Lo cierto es que no le apetecía hablar de Kike con Ernesto, ni mezclar el tema con el trabajo, lo normal era que con tanto que hacer la gente buscase cualquier excusa para detener todo un momento y comentar un cotilleo. Pero por otro lado no entendía cómo era posible que al menos no le hubiese mencionado la visita de Kike, porque… seguro que sabía que él había estado en Barcelona, o quizá no porque Kike quería ocultarlo y, siendo así, ¿qué le hacía querer ocultarlo?

– Buenos días, Susana. Te dejo aquí el informe que me pediste el viernes.

– ¿No sabes llamar a la puerta?

– Yo… perdón… estaba abierta y, bueno… lo siento mucho.

Pereira la miró enfadada y, de pronto… se dio cuenta de que no correspondía.

– Ya lo sabes para la próxima –dijo sin sonar demasiado dura.

– Claro, claro…

– ¡Por cierto! Amalia, el último informe no estuvo mal.

– ¿De verdad? Bueno, gracias…

– Es lo que toca, de todos modos, ya no eres una becaria, espero que valgas para esto, hemos apostado por ti – dijo Susana, rotunda.

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