Capítulo XXIV.- Tacones nuevos (Amalia)

Cuando se abrió el ascensor, el pasillo se encontraba completamente en penumbra a excepción de la línea de luz que se colaba por debajo de la puerta del fondo, a la derecha. Eran casi las 12 de la noche. Amalia notaba por lo menos dos ampollas nuevas en la planta de sus pies, una entre dos dedos que le provocaba un agudo dolor, como si le clavaran un alfiler en cada paso. La otra, en la planta, le hacía notar el líquido empujar contra su piel al apoyar en el suelo. Definitivamente aquellos nuevos tacones no habían sido fáciles de aguantar en su estreno. Y eso que eran de Angustias Juramento, la marca de moda en el despacho, la que todas llevaban, y aunque se los había comprado casi nuevos a través de una aplicación de ropa y accesorios usados, le habían costado una buena parte de su sueldo. Era su pequeño capricho con la primera nómina de abogada. Por fin superaba los mil euros, aunque no por mucho. Se los había comprado como celebración, si bien había recibido tantas indirectas en los últimos meses de becaria, especialmente de Ramona, para comprarse algo de esa marca, que no estaba del todo segura de que hubiese sido decisión propia. Pues vaya apaño le habían hecho el primer día, maldita la hora en que a alguien se le ocurrió que las mujeres están más monas con tacones.

Se los quitó nada más pisar el pasillo, pero todo el alivio que el frío suelo aportó a la planta de su dolorido pie, fue inmediatamente contrarrestado por la dureza de las baldosas contra la ampolla. Intentando apoyarse únicamente en el lateral del pie y con el equilibrio de un flamenco en una laguna, consiguió llegar hasta la puerta con la única rendija de luz.

– Pero, ¿qué fiesta es esta?

Jorge y Oliver reían en el sofá, acumulaban cierta cantidad de latas de cerveza vacías en la mesa, restos de sushi y un leve hilo musical de Amy Winehouse.

– Estamos celebrando que Oliver tiene vacaciones obligatorias.

– Van a hacer una inspección laboral en mi curro y como soy un autónomo de mentira y los podrían multar, me dan vacaciones obligatorias y sin sueldo esta semana. ¿Llegas ahora de trabajar?

– Sí, ahora llego y tengo los pies que voy a morir. En mi despacho sí que no viene un inspector, ni avisando.

– ¿En serio? ¿Qué haces tres horas extras diarias? ¿No os pagan eso? ¡Pero si sois abogados!

– Sí, sí. Bueno es que el horario oficial ya es una hora más de la que dice el contrato… es de coña. ¿Y Marga?

– Durmiendo, todo bien. Oye, ¿cómo ha ido lo de Matías?

– ¡Ah! Bueno pues bien, se lo he contado todo. Que no recordaba haber cogido la agenda, pero que estaba en mi bolso a la mañana siguiente, que me daba miedo Susana – y lo ha entendido de sobra -, y Javier me sugirió dársela él. De hecho, si te acuerdas, él me llamó ese día y acabé contándole que la tenía y se ofreció. Que tú lo sabías porque yo te lo había contado cuando la encontré y, por eso, a tu yo borracho le pareció bien gritar “¡la agenda!” cuando viste que el camarero aquel se la daba a Pereira.

– Ya, ya, perdón por eso – Jorge sonreía mientras se sonrojaba ligeramente-. ¿Y de lo de Javier del otro día?

– Pues no me ha dicho gran cosa de eso, me da la sensación de que hay algo detrás que no sabemos, ¿sabes? Rollos de ellos, me imagino, sé que llevan algunos casos contra Javier así que igual había algo en la agenda, yo que sé. A mí Javier no me dijo gran cosa, sólo que se la había devuelto así para que no pensase mal de él tampoco…

– Ese tío es tóxico, ¿eh? Nunca me ha gustado.

– ¡Pero si no lo conoces nada!

– Hermanita, de otra cosa no, pero de hombres, créeme que entiendo. Coge algo de sushi, te hemos dejado unos makis de salmón, como te gusta, que fijo que no has cenado.

– Tomé medio kit-kat sobre las diez – dijo cogiendo la comida y dando un sorbo a la cerveza de su hermano -. Se me había olvidado lo de cenar. Llevo un día… la loca de Ramona quiere que empiece a hacer juicios ya, ¿sabes? Quería que hiciera tres mañana, así de repente. Menos mal que Paula intervino y a Matías también le parecía una locura. Sin tiempo para preparar ni nada, de un día al siguiente que vaya a tres juicios. Que son muy fáciles y están perdidos, dice, ¡pero si aún ni he ido a ver uno! Me agota, en serio. Tengo a menudo la sensación de que quiere que la cague a lo grande con algo, aunque no sé bien para qué.

Pasada la una y media de la mañana, se fue a dormir. Programó el despertador para las cinco y media. Con suerte, llegando al despacho hora y media antes al día siguiente, tendría tiempo de acabar los escritos que le había pedido Matías y preparar lo que le faltaba de los juicios que, finalmente, haría Ramona. Se durmió pensando qué nueva batalla le depararía el día siguiente. Tendría que llevar bailarinas si quería soportarlo.

 

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