Capítulo XIX. El culpable (Susana)

Había tenido pesadillas con todas aquellas fotos y vídeos de su cuerpo desnudo durante meses. Todo se había convertido en un desorden incontrolable desde los primeros mails. Pensaba en ello y le dolía, era un dolor fuerte y físico. Había perdido peso. Había descubierto en ella una nueva persona, más irascible, más débil, más impaciente. Había cambiado. Y él era el culpable. Román consiguió lo que mucha gente había intentado: ganarle. Ahora ella quería devolverle el odio que llevaba meses guardando y soltando ante cualquiera, pero tenía que pensar bien cómo.

Matías, mientras tanto, no dejaba de llamarla, mandarle mensajes y pedirle que contase con su ayuda. Pese a todos los altibajos que llevaban sufriendo ambos desde que aquello comenzó, aún cuando Pereira se había comportado con él peor que con nadie… Matías no le fallaba. Ella, por su parte, todavía no se había atrevido a confesarle todo.

– ¿Viaje de placer?

Un hombre calvo y energético a su derecha se dirigió a ella con ganas de distraer el viaje de AVE a Madrid. Pereira tuvo que controlar una respuesta grosera. ¿De placer? Este se piensa que viajo de chaqueta, con ordenador y tacones… ¿por placer? Desde luego hay quien vive en otro mundo.

– Trabajo –Susana sonrió escueta.

– Pues yo voy a ver a mi hija, que está allí estudiando un master. ¡El orgullo de la casa!

Tenía acento del sur y la miraba entusiasmado.

-Seguro que pasan un buen fin de semana. – ella contestó un poco más amable. Las raíces…

-¿Eres de Barcelona? –preguntó dispuesto a evitar el aburrimiento.

– Bueno, llevo allí más tiempo que en cualquier otro lugar, pero no, soy de Granada.

– ¡No puede ser! ¿Qué le has hecho al acento?

– Se ha ido mezclando con otros, supongo…

– Yo soy de Almería, pero la familia es de Grana-. ¡A los 9 años me fui a Cataluña! ¡Toda la vida! ¿Vuelves mucho a la tierra?

– Menos de lo que me gustaría –Susana empezaba a hablarse a si misma -. Un momento, necesito hacer una llamada. Y… por cierto, gracias.

Pereira se levantó del asiento, dirigiéndose al descanso entre vagones, allí llamó a su padre.

– ¿Papá? Muy bien, muy bien. No te preocupes, sólo llamaba para decirte que llego esta noche a Málaga. No, no pasa nada. Me apetece pasar el fin de semana contigo y llevo años sin ver la Semana Santa. De verdad, está todo bien. Un beso. ¡Yo también!

Colgó y llamó a su secretaria.

– ¡Buenos días! Podrías por favor cambiarme el billete de tren de esta noche. A Málaga. Sí, el último de la tarde, por favor. Perfecto. Gracias.

Colgó y volvió a su asiento mandando un mensaje a Matías y otro a Paula. No llegaría a la cena de la noche a Barcelona. Al sentarse, con una mezcla extraña de sensaciones miró al hombre.

– ¿Cómo se llama?

– ¡Juán! Y odio que me hablen de uste´. ¿Tu nombre, muchacha?

Pereira rió al escuchar esa palabra.

– Susana, encantada.

Las tres horas hasta Atocha fueron un popurrí de temas entre ambos.

El trayecto Madrid-Málaga no sucedió con desconocidos, nadie habló con ella. El tren iba lleno con motivo de la semana santa, había niños corriendo por el pasillo, conversaciones agitadas y una alegría general en la gente. Casi todos iban en familia. Susana, aún inquieta y sin dejar de pensar en Román, mantuvo un libro abierto por la misma página durante todo el recorrido. No podía asentar la mente en la lectura, pero sentirse de vuelta la tranquilizaba más que cualquier otra cosa, incluso más que Kike. Habían hablado por mensajes los últimos días pero no mantenían la intensidad del principio, aún así Susana pensaba en él constantemente. Kike, las fotos, Kike, el trabajo, las fotos, Román, Kike, Matías, Kike, las fotos y así Susana perdía la cuenta de las veces que su cabeza saltaba de tema a tema y volvía al mismo. Incontrolable. Se quedó dormida un rato interrumpido por el sonido de las vías, el de los críos jugando y los movimiento bruscos de su propia cabeza, imposible de mantener recta. A media hora de llegar se despertó definitivamente y limpió la saliva que le escurría por la barbilla, algo avergonzada. Al bajar del tren, vio a su padre esperándola con los brazos cruzados, sus vaqueros de siempre y una bolsa de plástico que, Susana intuyó, contenía un bocadillo de jamón. Para él, ella nunca creció. Ambos se miraron sonriendo mucho y para cuando Susana llegó a su altura, su padre ya estaba llorando.

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