Capítulo XXVI.- El día del libro (Amalia)

Seguramente era su día del año preferido y una de las cosas que la conquistó de Barcelona desde el primer día que llegó, Sant Jordi. Amalia, estaba acostumbrada a la celebración de su pueblo que consistía en una mesa, como la mesa grande del profesor del instituto, con un montón de libros encima y, los mejores años, algún escritor novel que firmaba sus libros un día. Por eso Barcelona la impresionó tanto. La ciudad se llenaba del espíritu festivo, la gente recorría las calles con libros y rosas en las manos y, en cualquier esquina, se encontraban las casetas de flores y libros, repletas de lectores y autores. Cómo no contagiarse de ese espíritu.

Era día de fiesta en la ciudad, pero claro, tenía que ir al despacho a acabar algunas contestaciones de demandas que había que presentar en otras partes de España. Aún así, decidió parar varias estaciones de metro antes y recorrer andando varias calles para empaparse de la magia.

El sol se lanzaba de un puesto a otro rebotando entre ellos, por fin volvía el buen tiempo y la ciudad parecía cambiar de cara y volverse más amable. Se acercó a uno de los stand, un libro de Nina Simone llamó su atención, a Jorge le encantaría.

Estaba ya pagándolo cuando alguien pronunció su nombre a su espalda.

– ¡Hombre Rafa! ¿Qué tal?

Era la primera vez que se veían desde que habían decidido abandonar su relación, después de demasiados años juntos. Sin duda la situación era rara, de hecho, Amalia estaba incluso nerviosa. Se le hacía extraño estar cerca de él sin cogerle de la mano o hacer ningún gesto de cariño, como cuando estaban juntos. A pesar de eso el paseo fue menos tenso de lo que habría imaginado. Bueno, a decir verdad, casi no había pensado en ello ni en él desde entonces.

Le iba genial por lo que le contaba y Amalia, aunque dijo lo mismo, realmente no estaba segura de ello. Suponía que lo de estar genial debía incluir cierta felicidad, desarrollo, esas cosas que siempre había soñado pero sólo sentía cansancio físico y poca valoración en el despacho a su trabajo. Genial, genial… no se sentía, pero qué se dice en esas ocasiones, ¿no?

Dejó a Rafa en uno de los últimos puestos, donde había algunos de sus amigos con los que había venido y siguió camino del despacho con mil pensamientos por minuto en la cabeza. ¿Seguía habiendo cierta chispa entre ellos? Era difícil de decir porque, a pesar de cuánto se conocían, no podía evitar pensar que sus deseos bloqueaban su percepción objetiva de la realidad.

Me ha gustado mucho verte, a ver si lo hacemos más!! 🙂 – un segundo después de mandarle el whatsapp, ya se había arrepentido. Pero era así, de cierta forma, le había gustado verlo.

Cuando llegó a Flores, encontró a Paula corriendo por el pasillo de la fotocopiadora a su mesa. Apenas la miró y se hundió en su mesa sin despegar la mirada del ordenador.

– ¡Ey! ¿Qué pasa? No sabía que trabajabas hoy.

– Ni yo, pero ya ves. Que no quiero pensar en otras cosas y aquí estoy con mis querellas y mis cosas.

– ¿Por algo?

– Pues tía, sí, la verdad que sí. ¿Te acuerdas de Manu? Bueno, el tinder con el que estaba quedando. Pues tía, nada. Estuvimos con mi hermano y unos amigos, que por cierto, te pongo falta porque tendrías que haber venido, y el tío un sobrao, ¿sabes? Todo el tiempo presumiendo de que él era ingeniero y haciendo de menos a los demás. A mí no, porque le debe parecer que ser abogado no está mal, por eso no me di cuenta al principio, pero a mis amigos en plan, ¿lo tuyo es sólo una diplomatura? Y diciendo no sé qué de los máster que tenía. Fatal, tía.

– Bueno, no pasa nada, hay muchos tinder en el mar, Paula.

– Ya, pero es que una piensa, al final, que igual el problema es mío, no sé. Igual la rara soy yo, vamos. Pero que aún así, que no por eso me voy a conformar con un creído como ése. Que si el problema es mío pues me quedaré soltera y tan ricamente.

– ¡Claro! Los hijos si quieres los adoptas.

– Quita, quita, yo no quiero hijos, tía. Qué miedo, ¡si se me mueren las plantas!

La presencia de Paula, aunque un poco menos jovial que de costumbre, le hicieron más llevadero el día. Al menos podían jugar a tinder en los descansos.

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