Capítulo XXVI – El Antro (Susana)

Ruido. Su padre lo hubiese descrito así y ella hubiese reído al comentario. El batería perdía el aliento a cada golpe de cabeza siguiendo el ritmo de la música y Pereira saltaba como loca en la primera fila. Javier Román la miraba. Le analizaba los gestos, los rasgos, las pestañas y no era amor, pero ¿qué tenía Susana?

Llevaban compartiendo mesa de trabajo en FLORES-CRAWFORD cuatro meses y habían pasado de acostarse algún viernes a dormir juntos la mitad de la semana. A él le gustaba la fuerza de Pereira, su resolución, su firmeza y también su culo. Y ella se divertía con él: era inteligente, mucho, y las conversaciones se convertían en batallas intelectuales seguidas de escenas de cama intensas. Javier buscaba algo más, no había duda, y el tiempo había sellado alguna especie de pacto tácito de exclusividad entre ellos. No llevaban la etiqueta de pareja, pero lo eran. Y aunque intentaban mantener al margen el trabajo se volvía complicado teniendo en cuenta las horas que pasaban en la oficina rodeados de compañeros aburridos, cotillas o emocionados por cualquier cosa que se escapase al derecho.

Aquella noche estaban en El Antro, nueva moda entre el colectivo joven del mundo de los despachos y las empresas. Un lugar que en el pasado era punto de encuentro de hippies y ahora se había transformado en cualquier otra cosa. Estaba tan lleno de gente que el sudor de agosto pasaba de unos brazos a otros, primero escurridizo, caliente, luego pegajoso y frío. Javier la beso en el cuello y ella lo miró sugerente: vamos al baño. Abriendo hueco entre la gente, ella iba delante y el la seguía presionándole la mano con fuerza, avisando lo que venía. Entraron el aseo de los hombres y Susana se puso contra la pared: termina dentro. Le dijo, imponente, mirando hacia atrás, directo a los ojos de Javier. ¿Segura? Mientras lo decía eyaculaba en el interior de Pereira.

                                                                        * * *

– Susana, ya sé que intentas esquivar el tema y que tu argumento es que quieres pensar bien antes de actuar. Pero creo que no puedes dejar pasar por alto la extorsión de Javier. Lo que te ha hecho es de hijo de puta y no hacer nada no sólo es permitir que piense que tienes miedo, sino dejar que lo repita quizá con otras mujeres.

– Prefiero no hablar ahora de ello, Matías. Soy plenamente consciente de la gravedad de la situación, de lo que ese cabrón merece y de que no puedo obviarlo para siempre. Pero necesito tiempo y calma para decidir.

– Ha pasado un mes. ¿Cuánta calma? ¿Cuánto tiempo?

– El que sea. Me parece obvio que ese es asunto mío.

-Bueno, no exactamente. Desde que me lo contaste también es asunto mío.

– En otro momento me hubiese enfadado, Matías. Te hubiese dicho que cómo puedes presionarme, que por qué no respetas mi espacio o mis necesidades. Pero ahora no puedo enfrentarme a una discusión también contigo. Quiero ordenar mis ideas y si estás para apoyarme te lo agradezco. Si no, prefiero que ignores la situación y te limites a hablar conmigo de otros temas.

– No eras así antes, Susana.

– ¿Cómo?

– Tan fría.

– No es la primera vez que me dices eso, así que no debe ser tan nuevo.

– Sólo reafirmo. Antes eras bruta pero impulsiva. Ahora ya no sé bien quién eres.

Si no fuese porque la reunión con el resto del departamento empezaba pronto quizá habrían discutido. Puede que se hubiera transformado en una de aquellas peleas acaloradas que ambos solían mantener los primeros años, aún jóvenes. Que hubiesen pasado unas horas sin hablar y luego Matías hubiese vuelto con alguna tontería o regalo o propuesta de cena para Susana. Pero Pereira decidió no contestar. No quería que nada afectase su tranquilidad, tenía mucho que hacer.

– Voy a buscar a Ramona para que avise al resto. Te veo en unos minutos.

Y sí, quizá… era más fría.

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