Capítulo XXVIII.- Perder el tiempo (Amalia)

La luz ocupaba todos y cada uno de los rincones que conseguía ver, alimentando una especie de neblina sobre todo aquello que la rodeaba. Se encontraba aturdida y la cabeza le daba vueltas, pesada, como si no le perteneciese e intentase escapar de ella a toda prisa. Los brazos se notaban como dos bloques de cemento, los músculos agarrotados y doloridos. Su cuerpo no parecía tener intención alguna de responder a las demandas que, torpe y confusamente, su cerebro intentaba dirigirle. Volvió a cerrar los ojos, sin saber muy bien dónde se encontraba y sintiendo que el pitido en sus oídos se extendía a su alrededor, anulando totalmente sus opciones de pensar y, no sólo eso, parecía apropiarse de su espacio como un fino pero resistente alambre que inmovilizaba sus movimientos.

Cuando todo se calmó un poco en su cabeza, no sabía si habían pasado segundos u horas, volvió a levantar los párpados. Con la cabeza algo más calmada y el pitido atenuado, volvió a encontrarse con la invasiva claridad que lo absorbía todo. Alguien le sujetaba la cabeza. Fue al notar las manos en su cuello, cuando fue consciente de que se encontraba tendida sobre el suelo. Había ruido a su alrededor, alguien repetía su nombre y le preguntaba si le escuchaba una y otra vez. Las formas empezaron a vislumbrarse a su alrededor; notaba la boca seca y notó el tacto bajo sus manos de la moqueta del despacho. Instantáneamente el pulso se le aceleró, no sabía qué había ocurrido.

– Sí, sí – dijo con un hilo de voz que incluso le sorprendió a ella misma, mientras parpadeaba intentando a toda prisa acostumbrar la vista -. Estoy bien.

Acertó a ver a la persona que le sujetaba ala cabeza, era Paula, que la miraba con ojos de profunda preocupación; tenía el entrecejo fruncido y los ojos entornados, una leve sonrisa forzada surgió de sus labios:

– Tranquila, está todo bien – dijo.

A su lado, con una expresión parecida, Moreno volvió a preguntarle si le escuchaba,  reclinado sobre ella, y finalmente reconoció a su compañero. Hizo ademán de levantarse, sujetando con todas las fuerzas que consiguió reunir, sus manos contra el suelo, pero enseguida Paula y Moreno la cogieron pidiéndole que esperase y lo hiciera poco a poco.

Aún aturdida, miró a su alrededor mientras incorporaba la parte superior de su cuerpo. Fue entonces cuando, como un jarro de agua fría, todo vino a su cabeza de golpe y reparó en la docena de personas que se agolpaban circularmente a su alrededor, mirando como jubilados a una obra, aquella escena de la que, muy a su pesar, era protagonista. El aturdimiento y pesadez de los músculos, parecieron pasar a un segundo plano, quedando invadido todo su cuerpo de una profunda vergüenza que apenas le permitía mirar a su compañeros. Su corazón se aceleró un poco más, temía encontrar los ojos de Ernesto, Susana o Matías. Sin duda estaba dando el espectáculo del día a todos, que apenas se atrevían a entonar un pequeño murmullo que ahora retumbaba en sus oídos. Pero no hizo falta mirar mucho, la voz de Susana habló alto y claro:

– Bueno, pues ya está, ¿no? Venga todos a trabajar, que no estamos para perder el tiempo – acto seguido, sus tacones se alejaban por el pasillo como una declaración de intenciones. Ramona murmuró algo parecido a “menos mal que no ha sido nada” y le dirigió una mirada de preocupación de soslayo, antes de darse también la vuelta en dirección a su despacho.

Poco a poco, todos se fueron dispersando y Amalia consiguió sentarse en su silla con cierta ayuda.

– Tía, es que no sé qué te ha pasado. De repente te has caído, vaya que la silla se ha caído contigo y todo. No sé, Moreno ha gritado y ya hemos venido, íbamos a llamar a una ambulancia.

– Menos mal que yo he hecho algún curso de primeros auxilios, ¿eh? ¡Qué haríais sin mí!

– No sé, será porque no me ha dado tiempo a comer y me he mareado.

– Cómprate algo en la máquina, ¿no? – aportó Cayetana, que aún tenía cara de angustia.

– Hombre, lo que tendrías que hacer es irte a tu casa y comer algo que te apetezca y relajarte y descansar. Díselo a Susana, que qué menos que dejar que te vayas, dile que no te encuentras bien. Que no ha sido nada, pero que no puedes estar así.

– Sí, ya – sonrió Amalia -, ya la has escuchado al irse. Yo no voy a ir a pedirle nada, prefiero acabar lo que tengo e irme a mi hora y punto.

Todos callaron. Moreno, le trajo un vaso de agua y siguieron trabajando. Amalia sabía que era la comidilla del despacho en ese momento, así que sólo podía esperar que diesen las nueve de la noche pronto para poder salir de ahí.

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